domingo, 6 de julio de 2025
me llené de mocos
lunes, 30 de junio de 2025
diario del lunes
No tendríamos que pensar con el diario del lunes. En general hace mal y arroja intuiciones inexactas. Pero esta fue para mí la noticia del día. Una tarde atrás me quede prendado al atardecer de Teherán con sus calles abarrotadas de ciudadanos huyendo. Otra enganchado a la conflictividad social de una sentencia judicial. Hoy al amanecer helado de Paraná con la primer muerte por frío del invierno.
A lo largo del día me acuerdo de las épocas donde en Casa Solidaria o en Puentes algunos militantes sociales aprendíamos de otros qué era esto de la "situación de calle". En Paraná, Casa Solidaria fue de las primeras organizaciones comunitarias que comenzó a usar ese término entonces defendido y debatido, a su vez, por otras organizaciones en las ciudades centrales del país. En aquel entonces no había refugios en forma regular ni la situación era entendida por autoridades y vecinos como un problema, un presente, algo tangible a nuestro alrededor. Se desconocía, se pensaba superficialmente o se desentendía del tema. De entonces ahora los refugios existen, a la par que las personas en situación de calle han ido creciendo exponencialmente. No solo es la crisis económica, sino también la crisis de los cuidados y la salud mental, por supuesto. Hay más refugios, hay un debate un poco más amplio y hay más actores sociales genuinamente involucrados en la problemática.
Sin embargo, la muerte de una persona en situación de calle nos hace dudar de cuánto hayamos podido transitar en esta década como ciudad. Cuando el titular estalla se reclaman refugios y "medidas", dios sepa qué medidas. ¿Qué se imagina cuando se pide que se haga algo? ¿Cómo creemos que se hace para que una persona no esté en la calle? Como cuando pedimos a los gritos que alfabeticen a un niño, ¿cómo creemos que se da tiempo a un proceso? A veces al pensar sobre estas necesidades nos volvemos ilusos y pedimos intervenciones rápidas, ligeras, superficiales.
Los refugios existen. No así necesariamente las condiciones para que esos espacios sean habitados. Como aprendimos en Casa Solidaria, en Puentes y en tantas otras experiencias señeras: las personas no terminan en la calle azarosamente, la situación de calle no es un problema habitacional. Sin desconocer los límites materiales del conflicto, ¿qué caraj* estamos entendiendo por humano al creer que alguien duerme en la calle nomás porque no hay camas en un refugio o una guardia civil?
El cuidado posee raíces más profundas y una lentitud mayor que una cama y acolchado. Esos podemos hacerlos rápido en la Escuela Normal, la Catedral o Defensa Civil siguiendo las imaginaciones de varios vecinos y vecinas en esta jornada. No, no es eso. Se trata de la trama comunitaria, la salud comunitaria, la escucha comunitaria... que no se hace tan fácilmente. Podríamos probar trocar nuestros reclamos de hoy, en vez de por más refugios, por más financiamiento para Red Puentes, más psicológos, talleristas y cuidadores para el Refugio municipal o la Secretaría de DDHH local. ¿Pero los habrá? ¿Nos habremos preocupado de formarlos en los últimos años? ¿O en qué habremos estado pensando? Desde la práctica de un psicoanálisis individualista y clasista a la falta de territorialidad problematizada de la extensión universitaria; desde el poco cuidado de sí mismo y los demás al decaimiento de las instituciones clásicas de cuidado y acompañamiento a las familias como el hospital y la escuela. Una comunidad no es un titular, es una trama.
Ajá. Estoy tirando la pelota bastante lejos. Pero en eso pienso hoy. La construcción de un cuidado común no la vamos a poder hacer rápido porque hace frío y la gente se muere en la calle. No, no va a ser tan fácil aunque quisieramos. ¿Qué prevención podemos empezar a imaginar? ¿Qué cobijas más hondas? Cuando se trabaja con personas en situación de calle a veces se ayuda a cronificar la situación, nomás a que la persona aguante más. Otras se acompaña, se testifica, se aprende. Otras se haya un márgen para transformar, retomar, empezar. Pero ahí, en todos esos casos, se trabaja en el límite.
Como cuando retamos a un niño me pregunto, ¿qué pusimos antes del límite? ¿Qué construimos como adentro de ese límite? Tendemos demasiado a mirar los contornos, pero no los continentes.... Bueno, en algún momento habremos de empezar. Quiero decir, solo la crueldad es veloz. La ternura en cambio necesita mucho, muchísimo tiempo más.
sábado, 28 de junio de 2025
papel glacé
La
cámara nos muestra un vehículo atravesando el camino y, acto seguido, a Shunko,
nuestro protagonista indirecto, el sujeto pedagógico del film, la novela y la
historia nacional, mirando hacia los costados con extrañeza, extrañeza quizás
por ver a sus coterráneos afanarse en distintas tareas de desmalezado y
construcción que efusivamente han comenzado durante su ausencia. No sabemos
todavía qué busca, aunque enseguida lo aprenderemos a escena siguiente. Su
mirada se confunde en el movimiento desatado. Vuelto de la ciudad al paraje,
los habitantes han decidido construir una escuela. No un hospital, donde Shunko
acaba de necesitar permanecer, sino una escuela que sus padres anotician al
maestro harán mancomunados. La película pone en serie el accidente de Shunko,
su internación y la decisión de hacer una escuela. Ese hilado constituye un
punto de inflexión que vuelve sobre las primeras imágenes donde la película
asienta su potencia: el algarrobo y los bancos en una atmósfera que las tomas
coquetean con presentar a la manera de un desierto. La película trabaja
fuertemente sobre una idea clave en nuestra historia educativa: la escuela es
un plan, una ilusión tantas veces previa a su edificación, la formación de los
maestros o la existencia plena de la nación. En ese sentido, como niño-nombre,
niño-título de la historia, la internación de Shunko y la decisión de levantar
la escuela comunicada por sus padres al maestro son un mismo giro. En esa
escuela aún no construida, en el sitio donde se levantará, en el proyecto
pedagógico, en el corazón de la película, Shunko abraza a su padre. Lo
encuentra paleando tierra junto al maestro, cada uno en una dirección
contraria, dándose la espalda en el mismo compás. Entonces el niño corre desde
arriba de la imagen y abraza a ese hombre que al comienzo hemos conocido como
recio y pendenciero, además de pobre. Ese hombre acaricia ahora, tímidamente,
la cabeza de su hijo y, mientras, desvía la mirada hacia el maestro. La escena
cierra el conflicto abierto por la inscripción forzada del niño a la escuela
contra el primer mandato de su padre, pero además de ponerle fin ese argumento,
reescribe la letra paterna desviándola. La escena muestra uno de los efectos
más poderosos de la educación.
Shunko
(1960) de Lautaro Murúa contiene dentro suyo diferentes tiempos escalonados, en
conflicto y búsqueda. La novela de Jorge Ábalos, publicada a fines de los ’40 durante
el primer peronismo, recupera y vuelve ficción una experiencia pedagógica de
los años ’30 en el interior santiagueño. Una mención que permanece en la
filmación a través de los niños “autóctonos” que la película nombra al final en
una lista eminentemente escolarizada y, además, en la propia territorialidad
sobre la que la cámara se mueve. Si el tiempo de la experiencia se superpone
con el de la novela, y el de la novela con el de la película filmada ya en otro
contexto y con otras ilusiones, la puja entre el proyecto pedagógico y el
interior santiagueño, los tiempos místicos documentados por esa ficción y la
propia supervivencia del quechua que la película subtitula hasta nuestros días
constituyen otro tiempo, menos fechable que los demás, con el que Shunko trabaja. Ese tiempo otro,
acumulado con el de las décadas del siglo XX que mencionábamos tiene también su
propia interacción con los proyectos decimonónicos en la trama. La escena de
los próceres donde el maestro, el propio director de la película, despliega
para los estudiantes los rostros de San Martín, Belgrano y Sarmiento reinscribe
en esa temporalidad y en ese territorio el proyecto de educación común sobre el
que nuestra identidad nacional descansa. La figura de Sarmiento, una vez como
afiche, otra como acto y otra como monolito, da una autoría, un origen, a la
fantasía por la cual ese maestro está allí intentando hacer lo que hace: la
figura del maestro como quien por su llegada y salida abre y cierra las
imágenes acuerda en un todo con el proyecto político-pedagógico de implantación
educativa fruto del cual se inventó nuestro sistema educativo. Solo que aquí al
volver hacia atrás los tiempos (no olvidemos que el maestro intenta regalar a
su sirvienta un despertador), permite recuperar la potencia perdida de ese
proyecto. En Shunko la educación
común argentina, la escuela pública, vuelve a empezar.
Tal es así que los guardapolvos,
cuando los poseen, no son blancos sino amarronados, color tierra, terracota o
quién sabe qué: las imágenes en blanco y negro distinguen entre los suyos y los
de sus colegas de generación en la ciudad, niños escolares cuyas pieles,
paredes y guardapolvos son distintos. Porque en el film queda claro, a fuerza
de los tonos del blanco y el negro, que la educación es un proyecto progresista
y modernizador que trae al paraje rudimentos médicos, el castellano como lengua
franca, los números como abstracción y la escuela como construcción (todo ello
tiene su sitio en la película) pero que también convive con la creencia
religiosa local como cosmovisión y explicación del mundo, el quechua como
lengua legítima, la colectividad como potencia y la familia como autoridad
(todo ello también tiene su sitio en la película). A fuerza de filmar ambas
series dentro suyo, la película apacigua los conflictos entre ambas esferas y
muestra su convivencia. En ese sentido, la escuela trae un progreso diferente
al sitio donde llega. El abrazo de Shunko a su padre se inscribe en la línea de
ese progreso.
Quiero decir, la película liga a
través de una serie de operaciones precisas la escuela a la fundación, el
aliento o la consolidación de una ternura posible como futuro, implantación y
progreso. El abrazo de Shunko a su padre bajo la atenta vigilancia y
autorización docente es medular, pero también están el colibrí, la palabra de
cariño de un niño a otra niña, el pedido de caramelos, el libro de lectura en
la internación, la dulzura de la miel recogida. Estos objetos y gestos sobre
los que Shunko se detiene son la
marca pedagógica que se elige privilegiar y mostrar como horizonte. Clímax de
este procedimiento son las alhajas de papel glacé, cartón o quién sabe qué que
decoran parte del velatorio de una de las niñas. La cámara se detiene sobre
esas pequeñas ilusiones de papel, un invento escolar, que simulan ser estrellas
y colibríes. ¿De dónde habrían sacado el papel para hacerlas? ¿Quién se habrá
detenido, ante la trágica muerte de la niña picada, a confeccionarlas? ¿Qué
clase de objeto es ese, tan hermoso, sino una tarea escolar?
martes, 10 de junio de 2025
prácticas agroecológicas
Dejé el celular en casa antes de salir, mi práctica agroecológica para no distraerme en el colectivo, la caminata, la clase o la actividad a la que vaya. Mi forma de reencontrar otro tiempo en el tiempo. Antes le había dejado unos audios a la Eva, a la hora que yo sabía estaba en la escuela, pero porque me acordé que no le había contestado y no quería volver a olvidarme. Audios acerca del diente de león, la Eva le había preguntado a google pero también a mí. Nuestra práctica agroecológica de saber. Le dejé audios y ella me mandó uno breve riendo desde la sala de maestros, diciendo quería oírme pero lo haría después cuando volviera. Esa mañana había pensado en mí y por eso le alegraba la coincidencia. Nuestra práctica agroecológica de magia. Yo le dejé mensajito escrito diciendo de qué era el audio y recordé que muchas veces cuando dejo audios a seres queridos les pongo de qué son abajo, por escrito, y una leyenda, un etiquetado frontal que dice sin apuro, no es urgente, está todo bien acá. Nuestras prácticas agroecológicas de cuidado.
Como dejé el celular en casa no vi que la Eva, entre su casa y la escuela, me mandó un audio abajo de un aromito, contándome que estaba abajo de un aromito, relatando su pensamiento de esta mañana antes de escuchar las cápsulas de sonido que habían llegado hasta ella. Eran sobre una lectura de cartas, sobre nuestro censo permanente de sensaciones y emociones. Nuestra práctica agroecológica de espiritualidad. Vi ese mensaje después, al llegar a casa, cuando Eva y yo nos habíamos sentado juntas a ver un documental, habíamos coincidido, con tantos y tantas, en un espacio común de fronteras labiles, donde más o menos sabemos quiénes somos y en silencio y compañía habíamos recibido las mismas imágenes y oído las mismas intervenciones. Caminamos largo comentando la velada, compartiendo preguntas, aunando criterios como si tuviésemos juntas que llevar adelante una tarea coordinada, un proyecto político, una misión pedagógica. Nuestra práctica agroecológica del mundo. Caminamos, porque al menos una caminata al día, porque aprovechar que estamos juntas, porque qué lindo todo el tramado que hoy nos juntaba.
Precisamos confianza en quienes nos rodean para finalmente conocernos, saber quiénes somos, qué hacemos, de eso hablábamos, y con franqueza compartir lo que pasa. No necesitamos llamar sincronía al esplendoroso hecho de conocernos.
puntos luminosos
Cuando vengo a Valle María en colectivo siento que vivimos en pueblos de juguete. La distancia entre una aldea de nombre precioso y mi dormitorio se traza como la cartografía que une puntos luminosos. Casas de muñecas, tropas enteras de soldaditos de plástico, granjas de mentirita, todo cabe en mis ojos. Las calles de Paraná, el río, el campo, el horizonte, la inmigración componen figuritas que podría guardar en casa. Nada me parece demasiado, todo me resulta justo y medido.
Y algo muy sutil entre el adentro y el afuera. Como si vivir en una provincia ya fuera suficiente adentro y entonces no tuviésemos casas sino secretos y fuese necesario ventilarlas, dejarlas entreabiertas, contar qué pasa adentro de ellos a todos como si explicaramos qué hacemos cuando no nos ven. La vecindad es un aprendizajes de repeticiones, justificaciones y argumentos que expliquen cómo somos nosotros en la intimidad desatada por alguien que de repente pregunta por nosotros como si ante sus ojos tuviese el libro de las partidas y una letra se moviese entre las inscripciones.
Nosotros éramos un pueblo que canta. Y aún lo somos, solo que preferimos el pretérito como una acechanza, una adivinanza en el revés del cielo. Había mucha luz escondida en el mundo. Contra el poema que aprendí en la adolescencia, Dios no hizo el mundo desde la luz sino para conocer la luz, la paciente luz de los extraños. Los términos, tan gastados, se me derraman y vuelco sobre mis párpados la lenta literatura de una provincia que ellos, mis ojos, mis ojos al leer aran pedacito a pedacito hasta convencerme de su transparencia y mil versos, mil versos me asisten.
cuido un corazón
Cuido un corazón. Mando construir frescos sobre sus cúpulas, encargo vitraux, enciendo candelabros interminables entre una noche y otra noche. Envejezco en sus largos pasillos, mido porciones de cielo entre sus campanarios y el firmamento. Me escondo detrás de pesados cortinados, consagro eucaristias, leo pacientes tratados sobre transmutación del oro. Pierdo y obtengo, a través de mis pobres ojos, la dimensión necesaria de su embergadura. Cuido un corazón. Confío en un léxico, llamo a las graves puertas de sus habitaciones, firmo misivas. Bendigo la ciudad y el orbe, acaricio el mármol, tengo delicados deseos, preciosos como un verano, sútiles como un invierno. Cuido un corazón. Oculta en él, mi sensibilidad se comporta como los peces, como los siglos, como los niños, como los secretos. No conozco su extensión, tampoco sus tratados. No me es clara su historia, ignoro su cosmografía. Muchos dialectos se pierden, y nunca hemos podido traducir sus evangelios. Aquí estás corazón basílica, corazón cúpula, corazón renacimiento. Corazón siglo, corazón topacio, corazón lágrima. Corazón siglo de oro, cine mudo, europa. Corazón ilustración, corazón estrella, corazón precioso, precioso, precioso. Corazón hombre hermoso, corazón ancianas espléndidas, prendedor, short, pétalo. Corazón, corazón, corazón confundo tus fronteras, son tan lábiles, y me sumerjo en las inexactas palmas de tus manos, tu lengua, tu corazón. Te cuido hasta que me cuides, te cuido, qué tarea prudente; te cuido, qué pretensión; te cuido, qué vértigo; te cuido, qué exacto verso medido, qué largo beso a través mío.
jueves, 29 de mayo de 2025
rosas caseras
Acerca de Pará de contar de Daniela Godoy. Paraná. La Ventana ediciones. 2025. Con una foto balcón florido del libro tomada por Gretel, su editora, y dos postales de la primer helada de este año tomadas por Glenda. La helada vino a nosotros justo, justo el día de hoy.
Pongo
el título y me acuerdo, claro que me acuerdo, de la “Canción final” que cierra
la poesía de Jaime Gil de Biedma en un gesto tanto de asunción como de rechazo
a la propia escritura: “Las rosas de papel no son verdad / y queman / lo mismo
que una frente pensativa / o el tacto de una lámina de hielo”. Suelo preferir la
atención concentrada sobre lo que tenemos con nosotros, el libro recién
llegado, el establecimiento de algunas relaciones que esa obra comparte con la
biblioteca y las preguntas, por supuesto, las preguntas que el presente de esa
escritura, la presencia de esa escritura en nuestro presente provoca. Sin
embargo, la alusión a “rosas caseras” que Daniela despliega a poco de comenzar Pará de contar (La Ventana, 2025) trae
hacia mí esa imagen lejana en el tiempo y el espacio, las rosas de Jaime Gil de
Biedma. Porque, ¿qué sería una rosa casera? (La otra alusión que está aquí es
el pan casero, claro, que sabemos mejor de qué se trata). Las rosas de papel no
son verdad y queman… ¿éstas si? Las rosas caseras son caseras en este libro
porque provienen de la propia casa, rosas domésticas, hogareñas, utilizadas
para una tarea de entrecasa:
“Corté
flores de un rosal que él cuidaba; cuando las puse en el cajón arriba del
cuerpo de mi padre tenían el perfume de las rosas caseras. La lluvia había
dejado gotas frías en los pétalos”.
Rosas caseras. Si rebusco en mi léxico no sé si es un pleonasmo o un oxímoron. El pleonasmo, la saturación innecesaria de un sentido: no es necesario aclarar que la rosa es casera, pero igual se aclara. El oxímoron, la convivencia armónica de elementos contradictorios: las rosas no pueden ser caseras, como el pan, pero igual se dice que son. No, claro, no es lo uno ni lo otro. La metonimia, el desplazamiento delicado de un sentido, de partes de un sentido, a otro, sin llegar a hacer metáfora. Pero también, la pregunta. ¿Puede una rosa natural, una rosa que no es de papel, una rosa que es verdad, ser casera? ¿Qué haría más o menos casera a una rosa? Aquí la rosa es casera por pertenecer a un rosal del propio hogar, por no venir de fuera, como esas tantísimas flores que aparecen, cultivadas quién sabe dónde y cómo, cuando alguien muere y que, aunque no son plástico ni papel, de todos modos son artificiales. Porque entonces, ¿cómo? ¿Puede lo que está vivo también ser artificial? ¿Puede ser la vida más o menos casera, más o menos artificial? Ese es el tema de este libro. El tema de una colección en prosa de recuerdos, anotaciones del presente, registros del proceso de escritura. Y también, asociaciones que suceden entre esos recuerdos, este presente y ese proceso.
En esa línea, me resulta agradable que los recuerdos no remitan solamente a la infancia. Si bien la infancia elige el título del libro (la frase proviene, nos vamos a enterar al final, de un recuerdo de infancia), selecciona la ilustración de tapa, abre el libro y ocupa buena parte de él, no es omnipresente ni omnisciente. Esa infancia se sabe menoscabada por el paso del tiempo, por un lado, y por otro se sabe en transformación por el propio presente del que no pocos sucesos también se nos relatan. A su vez, los recuerdos provienen tanto de aquel entonces como de hace pocos años. Un corte amoroso reciente, y decimos reciente pero en verdad no hay fechas aquí, marca por ejemplo un arco temporal más cercano que tiene sitio junto a otros: cuando acompañé a, cuando conocí el, cuando trabajé en. Hay superposición y continuidad de tiempos, no clausura. Me agrada ese gesto porque en la recordación cercana y presente hay una pregunta por la vida que estamos viviendo:
“Pasé
casi tres años acá. En el primero apenas salí. Armé un rincón luminoso, compré
un sillón negro y me tiraba a leer en él. Tenía el balcón lleno de flores.
Del
segundo año no tengo demasiado registro. Vino muy poca gente.
Después
dejé de interesarme por los arreglos y el orden. Utilizo poco el sillón. No hay
flores en el balcón, el gato del vecino usa las macetas como baño. Pero es tan
lindo el gato que no me enoja su actitud”.
Puesto en serie con los demás recuerdos, este episodio permite mirar el presente a trasluz, con preguntas que provienen de otros tiempos. Las macetas siguen el hilo de los árboles del campo, y el gato, claro, el de los caballos. Quiero decir. Los recuerdos permiten hilar lo que permanece vivo, lo que es casero y lo que no. Los recuerdos funcionan entonces como un tamiz que nos permite encontrar qué está vivo acá, mirar un departamento pensando en una casa, y entonces saber qué es una casa por preguntarnos cómo era una casa, cómo podría ser, qué era enamorarse, cómo esperamos que sea, cómo es el frío, cómo era. Esa actitud se corre de la evocación, figura que ha hecho mal leer tantos libros de recuerdos escritos en nuestra provincia donde, efectivamente, el recuerdo constituye una poética de vivaz pervivencia temática: la edición de este libro por estos días, la insistencia del gesto de una autora que vuelve sobre una infancia para contarla y al contarla, provoca un desfasaje entre tiempos, términos y procesos, da cuenta de ello. Tal como sucede con Niños (2005) de Selva Almada, su relato en dupla entre el yo y el Niño Valor que hace novela breve para dar comienzo a una narrativa (¿por qué tenía que ser ese su primer relato extenso, por qué su pasaje de la poesía a la narración iba a tener que pasar, justamente, por ahí?); o como pasa en el precioso poemario Como una luz los patios (2019) de Camila Cirigliano, antes Lisandro Gallo, donde recuerdos, jardines y pueblo se confunden con otros amores, otros jardines y otras temporalidades del presente: en ese poemario unas bolsas de plástico repletas de frutillas reponen las huertas de la infancia, sin dramas, con alegría. Estas situaciones en el presente nos permiten encontrar la reescritura del recuerdo como una reescritura del territorio y la temporalidad de nuestros campos y ciudades: “una ciudad extraña”, dice el Manu Podestá en Valiant (2011) respecto a la misma ciudad en que Daniela vive e intenta rearmar el amor ante un angelito de fuente de plaza (será la del Bombero, ¿no?). Quiérase o no, lo que allí podemos leer críticamente es la vuelta sobre un procedimiento, el tratamiento formal de los recuerdos, que desde Mastronardi hasta aquí hace pie en la literatura provincial, la que ahora estudio, y desde la que leo estas memorias de adultez, estas memorias en presente. Pienso, claro, en el tratamiento del recuerdo en la poesía de Juan Manuel Alfaro o Elio Leyes, en la narrativa de Emma de Cartossio, en la prosa de Reinaldo Ross. Libros que buscan hacer archivo desde el yo, y en ese intento provocan, ellos también, desplazamientos y transformaciones de esos recuerdos que, por suerte, se salen del lamento para interrogar a la vida por su condición de vida.
Porque, claro, las rosas
artificiales pueden confundirse con las caseras. Las rosas sin recuerdos pueden
hacernos creer que son lo mismo que estas, con recuerdos. Pero no, hay una
diferencia sutil que la escritura trata de apuntar. Ese es el verdadero debe y
haber de esta libreta de almacenero, porque los recuerdos son la vida, como el
pan, que hicimos con nuestras propias manos. Como aquí se dice varias veces
sobre la escarcha, como se tiene en cuenta sobre los síntomas provocados por la
angustia, como se observa en la espera del amor, como se anota en la
insistencia de lo que nos acordamos (una fecha, un episodio, una frase, un
detalle): las rosas de papel, los textos, no son verdad y queman, lo mismo
queman.
*
Como verán, solo me concentré en dos recuerdos, dos episodios de los muchos que el libro recorta para nosotros. Quizás tendría que haberles mostrado más cómo el libro hace este mismo procedimiento que traté de señalar en muchos otros momentos o cómo las rosas conviven con otras flores y otras intenciones en esas flores a través de los textos. Sin embargo, me alcanza con que sepan que estas ideas se sostienen como reflexión luego de lo que el libro en sí hace y que la invitación es a recorrerlo. También que cuando escribo sobre libros recientes y cercanos, acá que más o menos nos conocemos todos, trato de evitar la primera persona para que la distancia nos permita mirar mejor. Acá en cambio me salió en primera, y eso también tómenlo como un efecto de la lectura.
sábado, 12 de abril de 2025
análisis institucional
al principio todos decían "bien", pero después al rato cuando parece que habían entendido qué íbamos a hacer entonces empezaron a contar un poco más, a abrir esa gama imperfecta de emociones con que estamos hechos. ¿cómo hago una didáctica de las emociones? hacemos una ronda para que cada uno cuente cómo se sintió en su semana, qué hizo y qué emociones encontró. todos hablan, algunos menos, otros más, pero todos hablan y medianamente alguna escucha se sostiene. todo el rato hacemos esto, conversamos, les voy diciendo lo que creo de las emociones, voy intentando dejar mojones. después anotan cada uno, con autonomía, qué hicimos hoy, lo que sea hayan entendido que hicimos. algunas prácticas tienen sentido: como ya es la tercera vez que lo hacemos así, sus anotaciones cobran mayor fluidez. siguen repitiendo "yo copié un montón" y yo les sigo explicando que eso no es copiar, sino escribir: copiar copiamos de un pizarrón, de un libro, ahora estamos tomando apuntes, estamos escribiendo nosotros. les digo que hacemos así porque ya son grandes, pretendo, yo pretendo, legitimarlos, reconocerlos así en medio del cuidado que hacia ellos todavía intentamos. me entristece que nuestra pedagogía y nuestras ilusiones se llenen de "todavías", la vida no es todavía, la vida es, lisa y llanamente: el mundo nunca se da a pedacitos, solo la completud es mundo. escriben con muchísimos, demasiados errores, me molesto con las seños de grado. después la mau me dice que aunque ellas corrigen y corrigen, no hay forma y le creo. hay un error ortográfico por ejemplo en la brusquedad y ruido que manejan en el comedor y no lo podemos corregir tampoco. dejo de lado plenamente cualquier distinción entre emoción y sentimiento, cualquier berretada de cuenta de ig y cualquier intento de gerenciar emociones: hablamos y buceamos dentro nuestro a ver qué hay. me cuentan del miedo porque se vacunaron, porque vieron una sombra, porque escucharon un ruido. me cuentan de la frustración cuando pierden al fútbol o al free. también de la alegría o la tristeza de cuando llueve o no pueden venir. varios no podían salir de casa si llueve. otros viven en las vías. oigo sus vidas. vuelvo a casa. quién sabe.
la semana pasada escuché a varios estudiantes universitarios, de filosofía para más inri, aprovechar un resquicio que abrió una clase de análisis institucional para criticar con todo a la escuela a través de los argumentos ya sabidos (yo también los conozco, y les doy sus razones) de la dominación, la reproducción, el disciplinamiento y la mar en coche. me sorprendió para mal la gracia, el gusto y el goce con que hacian sus críticas a la escuela al momento de pensar en ella y cómo a nadie ahí, tampoco a la profe, se le ocurría recuperar la convivencia, al lado de todo eso, de las demás cuidados, ampliación de derechos y transformaciones que la escuela realiza. más en una materia de trayecto pedagógico, más habiendo elegido todos los que estamos ahí seguir viviendo de la escuela, en la escuela, con la escuela. iba a levantar la mano, pero ni ganas porque además me fui dando cuenta que todo aquello me entristecía demasiado. pensaba en beatriz que tan hermosamente describió en la maquina cultural cómo la escuela disciplinó y alfabetizó por partes iguales, con mismo esmero y eficacia. no nos gustaba que discipline, pero ahora ni alfabetizar podemos y queremos que los pibes no roben porque sino los queremos matar o apresar, ¿pero entonces quién les va a enseñar? yo desde que ganó este partido me puse más sarmientino en mi ideario educativo, qué caraj*s, si además a esa fantasía decimonónica le debo saber leer y escribir con el bien que eso me hizo. no estamos pudiendo enseñarles a los pobres a leer y escribir. no estamos pudiendo enseñarles a los pobres a leer y escribir, lo repito porque eso es el abandono pleno de un proyecto de país y entiendo que en la facultad eso no importe, porque los pobres no van a la facultad porque no les enseñamos a leer y escribir. yo sé, yo sé que los dilemas de la modernidad son arduos, pero los prefiero a esta mierd* coloreada tanto de fascismo como de progresismo.
digo, ¿no? tendría que haber diferencia entre un estudiante universitario criticando a la escuela a un funcionario de la patronal o un comentarista de elonce, porque a veces parece que no la hubiese y todos disfrutasen de pegarle. la escuela es un blanco fácil, si siempre hacemos agua por todos lados. sin embargo, en esa misma clase la profesora enumeraba la remanida serie contemporánea de complejidades en que están inmersos infancias y juventudes a nuestro alrededor para luego preguntar de manera retórica "¿qué hace la escuela con eso?", en un ademán que para quienes pasamos por las primarias no resulta incontestable sino fácilmente respondible. no será mucho lo que hacemos pero por el momento lo que sí hacemos con todo eso es recibirlo, seguir recibiéndolos a esos mismos gurises enguajados de vulnerabilidades, barbaries y entramados cada vez más enmarañados y díficiles. hacer eso, recibirlos, verlos, oírlos, intentar educarlos es ya en sí una tarea demasiado díficil como para que encima todo mundo tome por deporte defenestrar ese espacio. miren que no está lejos de los planes gubernamentales continuar su desmantelamiento, si total.
martes, 1 de abril de 2025
el andén provinciano
Me
acomodo a escribir en el calor reciente de la cocina. Los últimos días hago
panes por la noche, cuando voy cerrando la jornada y la tibieza se vuelve
necesaria y amena. Por estos días leo, con fascinación y hermosura, una novela
escrita hará setenta años en la ciudad donde vivo. Por el cuidado con que allí
todo está escrito y detallado, por la profundidad de cada uno de los recuerdos
congregados, me muevo despacio dentro suyo. "Dentro suyo", como
corresponde la expresión, puesto que Historia
de una expresión (1947) está hecha con innumerables capas de interioridad.
Por un lado la de la provincia, por cuyo motivo la leo en el marco de las
conversaciones públicas acerca de la narrativa entrerriana que con Matias e
Ivana venimos desarrollando en nuestra querida Biblioteca provincial, con ese
adjetivo, provincial, y que Ana María Garasino no olvida en ninguno de los
momentos. Como un término que se explica a sí mismo, a veces llega su límite
expresivo: contemplando el campo y sus quehaceres, exclama, conmovida:
"¡Entre Ríos!". Y dentro suyo, el pueblo que separa en sílabas, el
pueblo que califica cada vez como provinciano y que cree, en muchos momentos,
capaz de sentir todo él lo que en su casa se siente. Las penas y alegrías
solariegas que ella percibe tomadas de todo el pueblo o expandidas a todo el
pueblo no solo en un cortejo de rumores y murmullos sino también de
sensaciones. La casa, claro, como interior del interior y dentro suyo las
huertas, las casas de muñecas, los cuadros, el bordado de los balcones. Capas
de interioridad donde se concibe la profusa vida interior de la niña, la
protagonista que ahora escribe sus memorias, las memorias de su imaginación.
Como Habitaciones (2002) de Emma
Barrandéguy, Historia de una expresión
piensa fuertemente la interioridad como motivo de provincias y desde ellas trata
de pensar cuál intimidad pudimos conocer. Mujeres deseosas ambas, escritoras
las dos, cada una de sus autobiografías contiene los oblicuos recorridos por
medio de los cuales se convirtieron en tales.
Pero no es eso, todo aquello que con tiempo y espacio se hará como lectura
crítica de este tomo precioso, lo que quería apuntar antes de terminar el pan y
cerrar los párpados. Más bien quería volver un tanto sobre lo que estos días
siento mientras leo este precioso tesoro olvidado. ¿Cómo medir los olvidos? Ana
María no se queja en su texto de las costumbres idas, y es medida tanto en el
elogio como en el rechazo hacia los cambios y transformaciones. Parece
conservar, merced su vida interior, todo el vínculo continuo que deseaba con lo
que deseaba. Por eso no, no es a ese olvido al que me refiero sino a otro, el
que hizo que no conociese antes esta novela. ¿Cuánto tiempo se precisa para que
una lectura se olvide? Bien recibida por sus contemporáneos, impulsada por
algunos que le soñaban futuros promisorios incluso, ¿las operaciones
editoriales, las operaciones críticas, las imágenes de autor alcanzan para
explicarnos la configuración de un campo? El campo al que me refiero, Ana
María, no es al que tú te referías... aunque campos, si decimos campos, tampoco
creo conocer el que conociste y que, aunque intento imaginarme, tampoco puedo
saber dónde habrá estado ubicado. Tus precisas marcas topográficas, tan
elocuentes cuando hablas de Paraná, se pierden un poco en nuestro presente
cuando sales a las afueras. Conocí otros campos, pero no tenían los inmigrantes
que mencionas, ni llevaron en mí las sensaciones que entonces me dices llevaron
en tí.
Lecturas y escrituras suceden en un marco ordenado y puntual que son las
'estructuras de sentimiento', pero ellas son afectadas por el tiempo y resulta difícil
recobrarlas. Trato de entender la sentimentalidad que llevó a esta mujer hace
tantos años a habitar, el verbo es adecuado, esta ciudad de la forma en que lo
hizo. Haciendo esos usos imaginativos de su alrededor que ahora, tantos años
después nos cuenta. ¿Cuántas capas de tiempo soporta un libro? Unas décadas
después de vivir aquello que ahora recuerda, Ana María escribe y otras décadas
luego yo leo aquellos recuerdos que ella tiene a bien acercarme. Roger Chartier
decía que leer es oír a los muertos con los ojos.... ¿sin embargo algunas voces
se pierden en entre tanto? Siendo ‘tanto’ no solo el tiempo, sino también el
espacio y los nombres. ¿Cada cuánto se pierden? ¿Cada cuánto se recobran?
Quiero decir, ¿en qué momento de la transmisión cultural cayeron tantos objetos
de nuestro quehacer local en desuso? Trabajamos en este grupo sobre textos que
tuvieron relevancia en sus contextos de producción, tanto temporales como
espaciales, incluso con algunos que merecieron de sus contemporáneos tanto el
aplauso crítico como el respaldo económico y la reedición. Comprendo que
nosotros variamos puesto que ya no somos sus contemporáneos, y como tales
podemos ya no pensamos como pensaron aquellos. ¿Eso alcanza para entender un
olvido? ¿Con cuántos tiempos está hecho un tiempo? Esos textos, esos casos a
nuestro alrededor son muchos. ¿Componen una tradición? ¿Un sistema? ¿Una
escuela? ¿Compusieron alguna vez una estructura del sentir? ¿Varias de ellas?
Sobre la señal sonora de un tren que parte o llega, la pequeña Ana María
Garasino aferrada a su padre nos dice, sobreimpreso a su recuerdo, no saber, no
poder acordarse qué hacían allí: "No lo sé. Ni sé, tampoco, si fuimos a
alguna parte, o si estábamos aguardando a alguien que no llegó; ahí mismo,
donde junto a la caldera infernal o a los rasgos inocentes del musgo, podían
reunirse a deliberar los grandes reformadores u ordenadores sociales, desde un
descontento tan lejano y tan viejo como el mundo. Aquí también, bajo el techo
sombrío e inclinado del humilde andén provinciano, surcado de esperanzadas
muchachas, habría lugar (...)". Vuelta del tiempo, la escritora viaja
hasta su recuerdo para que allí, en ese sitio donde ella y las esperanzadas
muchachas estaban, haya lugar para los autores que ella luego conocería, las
discusiones filosóficas de las que, lejitos y en silencio paranaense,
participaría. Ahí donde puse el paréntesis suspensivo los cita, y antes también
bien venía dando cuenta de ellos. Vuelve hacia atrás para hacerles lugar en un
sitio que, por no ser el de la partida ni el del encuentro, se vuelve
simplemente el testimonio del pasaje, del tren que parte. ¿Cómo se permanece en
un andén? ¿Cómo se permanece en una provincia? La imagen es paradigmática,
puesto que en ese sitio de pasaje (¿qué esperanza esperan las muchachas esperanzadas?),
se pretende hacer lugar, hacer caber a todo aquello que luego se conocerá y que
no parece, de natural, tener sitio allí.
Ahora mismo, cuando a la vuelta del siglo que Ana María está narrando, nuestras
condiciones de vida, las formas de la organización social, vuelven a ponerse en
debate, antiguas imaginaciones todavía no oídas vuelven a visitarnos. Todo este
tiempo que vuelvo sobre trozos de una literatura olvidada o poco atendida, en
nuestras charlas, en los encuentros que hemos compartido, en los márgenes de mi
lectura, me pregunto si estos textos no habilitan la pregunta acerca de qué es
una provincia, cómo se la habita, cómo se la escribe. Las imágenes que los
textos me devuelven son elocuentes, y hacen de ese margen, de ese andén en que la
escritura y la lectura se recobran y olvidan una provincialidad posible, una
delimitación interior para la vida de quienes no partimos.
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Fotografía de Marisa Negri en el jardín de otro escritor, otras provincias, otros olvidos.
domingo, 23 de marzo de 2025
Poder competir con su hermosura. Los primeros poemas de Alfredo Martínez Howard y su lectura del modernismo.
sobre El jardín primigenio & Estudiantina de Alfredo Martínez Howard. Santa Fe. Tapir ediciones. 2024.
La colección “El ciprés y la estrella” de Tapir ediciones (Matías Armándola, Alejandra Dotti, Eliana Mercuri y Paula Favaloro), inaugurada el año pasado, se dedica a rescatar textos inéditos, olvidados o de escasa circulación de autores de la región con los cuales “empezar a discutir el orden actual de la literatura del litoral”. Se trata de una práctica impensada décadas atrás, cuando aún esos órdenes que hoy discutimos eran mucho más precarios, y cuando el trabajo sobre el archivo no convocaba las preocupaciones que hoy reúne. Sin dudas han sido puntos de inflexión, entre fines del siglo pasado y comienzos de este, la compilación, ordenación y circulación de las obras de Juan L. Ortiz, Amaro Villanueva, Mateo Booz, Juan José Manauta, José Pedroni, el archivo Saer o Emma Barrandéguy entre otros. Cada uno de estos nombres de autor conllevó investigaciones, publicaciones y derroteros particulares con mayor o menor impacto sobre el circuito litoral. Sin embargo, no deja de entenderse que a partir de esos establecimientos han sido posibles otras miradas sobre los sistemas literarios, las áreas culturales o las ‘literaturas’ a secas según cómo nos decidamos a llamar este fenómeno. En ese marco, rescates recientes y de menor porte –tanto físico como simbólico- han intentado discutir, ampliar o diversificar esa biblioteca retrospectiva. Pienso en el rescate de las obras de Isidoro Rossi que realiza Guillermo Meresman en Azogue o de la producción dramática de Emma Barrandéguy por parte de Camalote y Agua Viva. También en las reediciones y ediciones que Oye Nden propone desde Gualeguaychú.
Solo para nombrar algunos casos de novedosos circuitos de operación sobre el archivo en los cuales inscribo a Tapir como proyecto editorial. En ese marco, se publican los primeros poemas de Alfredo Martínez Howard (1910-1968), poeta paranaense que entre 1928 –antes de graduarse- y comienzos de la década del ’60 publicará una medida obra poética con marcas singulares. Lo que este rescate hace es volver a poner en circulación los textos iniciales de esa producción poética, no incluidos en sus libros posteriores y dados a conocer a través de diarios y revistas entre 1927 y 1934. Siendo la mayoría de estas publicaciones realizadas en Paraná, los textos también nos permiten reponer una estructura de sentir de la ciudad a comienzos de siglo. La puesta en valor de este patrimonio se completa con la lectura crítica por parte de Matías Armándola como compilador.
*
Se trata de veinte poemas divididos en dos secciones. La primera de ellas, “El jardín primigenio” recibe el nombre de parte del compilador mientras que “Estudiantina” es un título que puede rastrearse en la propia textualidad de Martínez Howard. Aulas y jardines parecerían tener que ver poco entre sí, pero ambas espacialidades cuentan con las mismas preocupaciones y desarrollo por parte del joven autor.
En principio, el jardín reescribe sobre sí mismo sitios propios del modernismo tanto en Rubén Darío como en Leopoldo Lugones. Sin embargo, esto se hace a destiempo ya que, al momento que Martínez Howard escribe, las discusiones sobre el modernismo comienzan a saldarse en otras regiones de nuestro país. En este sentido, como señala Matías, la actitud de Martínez Howard al recurrir a esas formas recupera la operación contemporánea de un poeta a la sazón más consagrado que él, el Guillermo Saraví de Hierro, seda y cristal (1925). Así, y ésta es la hipótesis de Matias a la que adhiero, podríamos pensar que en la Paraná de esa década no se daba tanto un modernismo tardío y a destiempo como una franca resistencia a la ruptura y renovación. En este sentido, la pregunta crítica sería cuántas modernidades periféricas seríamos capaces de percibir. Si la de Buenos Aires fue en su momento un proceso insular, ¿cómo pensar la de Paraná en su resguardo del modernismo como estética e intento?
La necesidad de superponer la estética modernista al yo y la ciudad pueden leerse en esta primera parte del libro. En principio por la manera en que “La canción del recuerdo” recupera los sitios de la intimidad modernista para ubicarlos como el pasado al que se pertenece, donde se encuentran armónicamente ordenados: el recuerdo es una canción. Allí pululan las fuentes, las casas blancas y los cuentos fantásticos junto a la melancolía, la ilusión y los encantamientos lunares. En ese contexto está la cita a la “rauda caravana” del tiempo que nos trae al Rubén Darío de Cantos de vida y esperanza (1910). “¡La caravana pasa!” dice Darío, mientras Martínez Howard señala “y pasa ante el recuerdo la rauda caravana”. En ambos, caravana y recuerdo se aúnan pero, sin embargo, el Darío el recuerdo se vincula a su anterior actitud como poeta que, ante el paso del tiempo, se ha visto afectada. Martínez Howard en cambio se está allegando al espacio poético y lo que Darío ubica en sus libros anteriores (“el verso azul y la canción profana”), él lo ubica en su infancia a la que, literalmente, inventa como una prosa modernista.
Si el modernismo como estética finisecular permitió la apertura de una sensibilidad intimista, la infancia se volvería a lo largo del siglo el espacio predilecto de la intimidad como recuperación y pasado. Claro que para quienes como Martínez Howard se encontraba por primera vez con esa posibilidad de intimidad, la infancia debe haber sido una sorpresa, un mudo asombro. Al comienzo de su obra, el autor proyecta la infancia hacia el pleno futuro de la forma estética que acaba de encontrar. Por eso mismo, escribe la adolescencia en la adolescencia como puede verse en su “Estudiantina”.
Pero antes de ir ahí es bueno observar el tríptico “Los desnudos de Venus”, puesto que allí se encuentra el ejercicio más fuerte del conjunto por hacer de la ciudad el modernismo buscado. Este poema, como bien lee Matias en su texto crítico, se encuentra plagado de referencias librescas que Martínez Howard condensa y reescribe tanto para mirar el cuerpo femenino como el de la ciudad. Porque si bien al comienzo todos esos espacios de “La canción del recuerdo” conciben una Venus, luego será esta Venus la que se suba al “plinto de la Venus manca” para ponerse junto a una escultura que la voz poética ubica en nuestras barrancas:
Y al poder competir con su hermosura
vibró tu risa, cristalina y franca,
que estremeció dos veces la llanura
al duplicarla el eco en la barranca…
Todo aquí es, en efecto, duplicación. No solo la risa de la mujer vuelta Venus y la figura femenina, una al lado de la otra, subidas al mismo atrio: “¿Cuál de las dos más bella? –me dijiste-”. También es duplicación la reescritura de los tropos modernistas que referíamos, y la ciudad misma en la que el autor ubica una Venus que aún no está. El ejercicio es singular porque Martínez Howard logra aquí ver en la ciudad algo que todavía no es así, dado que la Venus del Parque Urquiza será donada por Pedro Martínez en años posteriores. Sin embargo, anterior a la escultura fue la mirada. Antes de poder ocupar su sitio nuestra Venus, que no es manca por cierto, lo hace la mirada poética que ha superpuesto sus lecturas a la ciudad que transita y a partir de ello, cuando quería escribir un poema acerca de la belleza y las formas, termina escribiendo un poema acerca de los dobleces. De nuevo la pregunta sería, ¿cómo se hace una ciudad con duplicaciones? ¿Qué nos queda para las ciudades nacidas de la copia? ¿Cuántas reescrituras caben?
Los “Versos para un jardín anochecido” que cierran esta sección nos muestran algo que seguirá presente en la estudiantina. Allí el deseo físico, punzado e insinuado en textos anteriores, se despliega con mayor fuerza. Para ello se vuelve necesaria otra estética, un crepúsculo para el jardín, los pasos previos a su abandono:
En la fronda, manos verdes
jugando a trompos dormidos
(equilibrio de capullos
entre cinco dedos fijos
que estrellan grávidos cálices).
Capullos en equilibrio
-senos de muchachas verdes
rajando verdes corpiños-,
escapados de los cinco
dedos, que se entregarán
a conservar –invertidos-
los retratos de la infancia
de los rebeldes cautivos.
¿Qué infancia, qué cautivos? La inversión de los dedos sobre los cálices muestra el doblez y evidencia la lectura que Martínez Howard hace del modernismo. Allí donde una estética quiso colocar vacío, la sensibilidad y el vacío propiamente provincianos llenan de senos y gravidez las formas. El poeta joven lee la calentura como fondo primigenio del modernismo y va rápidamente de del anochecer del jardín al cuerpo. Jardín, cuerpo y ciudad como espacios contiguos reciben atenciones diferentes a lo largo de las piezas de esta sección. Aquí el cuerpo se vuelve el jardín anochecido, y el deseo se explícita:
Nocturna teta redonda
rompe también su corpiño,
y lo verde, descansando
junto a la carpa de un pino,
consume negros tabacos
bajo humaredas de cirrus
quemando a trechos la sombra
con llamaradas de lirios.
Quemar las sombras, romper las formas, los corpiños, que parecen ya haber sido tomados por lo verde: ¿por qué sino está descansando y fumando? Se trata, claro, de ocupar una forma, de hacer uso de una forma más que de perseguir una forma. El modernismo en esta lectura aparece como un aprendizaje veloz, como un uso, del que podemos desilusionarnos pronto, como sucede en otros poemas de la sección, o del que podemos hacer uso para luego descansar.
La calentura como programa de estas piezas va a poblar toda la Estudiantina. Valgan los “Versos de la clase de Instrucción Cívica” para ejemplificar esta manera de proceder:
Azul en tu mirada. Blanco tu delantal,
y en tu cabeza amaneciendo el sol
(¡ah, qué soberbio el escudo nacional
si en tus manos alzaras el gorro frigio de mi corazón!).
Allí donde la temática parece conducirse a un punto, por el título y por las primeras referencias –azul, blanco y sol-, se vira rápidamente al romance y la mirada amorosa, el deseo amoroso. Si bien este deseo no es explícitamente carnal como en el poema que antes leíamos, la lectura del conjunto en este libro permite quitarnos posibles inocencias en el abordaje de estos textos. Cada una de las clases retratadas será pensada desde el noviazgo, como si el espacio áulico fuese el sitio de un aprendizaje amoroso. Todo esto se colma, como en el poema citado, de ironía. Por un lado por la sátira de los contenidos estudiados y de la maestra incluso. Por otro porque la imagen que se brinda es la de un estudiante perezoso con un único interés amoroso en su presencia escolar, lo cual contrasta con el uso de la rima, la métrica y las referencias librescas –nunca explícitas- de los poemas. Los poemas que el joven Martínez Howard publica en El Diario de Paraná tienen la métrica de una contestación callejera: “Conos, los que tú tienes palpitando en el seno…”.
Esto puede leerse también en la historia de uno de los fragmentos del poema “Estudiantina” donde el poeta con el paso de unos años cambia la expresión “rayar” por “penetrar” al momento de escribir, justamente escribir, el nombre de la amada:
por penetrar el banco
con las tres letras de su nombre breve,
y por mirar una curvita leve
que redondeaba su uniforme blanco
Estas son las triquiñuelas del recuerdo también que, al volver hacia el pasado, permite mirar en esa brevedad y levedad mucho más de lo que seguramente entonces se veía. La estrofa es ejemplar: penetrar en el banco, mirar las formas incipientes (curva, nombre). Todo ello es una poética posible. Aunque breve, el nombre está. Aunque leve, la curva está.
El poema parece ser entonces, hace un siglo atrás, la manera en que algunos deseos pueden enunciarse. Pertenecen a un ámbito de ensoñación, como en el poema “Sueño” donde se sueña con escribir “amorosas preces” como si estos poemas, materiales y existentes, no fueran esas preces soñadas. El deseo, siempre interdicto, puede hacerse público a partir del uso de formas estéticas legitimadas en otro contexto. ¿Cómo habrán sido leídos estos poemas en aquel entonces por otros públicos y generaciones? Si bien hoy nos parecen conservadores y medidos, ¿qué irrupciones o acechanzas habrán provocado estos versos en aquel entonces? ¿Habrán generado algún deseo, alguna calentura? ¿Cuánto de toda esa ensoñación podía entonces cumplirse?
En su rescate crítico, Matías trabaja con dos hipótesis que me parece necesario reseñar. La primera que el contexto de producción de estos poemas, como ya citamos, no es un modernismo tardío sino una resistencia. Y yo agregaría, un uso del modernismo para dar lugar no solo a una voz poética propia sino a nuevos deseos, nuevas sensibilidades en la Escuela Normal de un siglo atrás. La segunda, retomando algunas voces críticas de nuestra provincia que señalaban lo contrario, que los textos iniciales de Martínez Howard no deben ser desatendidos. La lectura de estos poemas, las preguntas que nos generan, las relecturas que suponen es prueba suficiente de ello.
sábado, 22 de marzo de 2025
tiendo ropa de noche
Vuelvo a casa caminando desde el centro. Nuestra avenida de mayo me agobia con la pesadez del día y la mugre de veredas y contenedores. Cuando veo hojitas sueltas, las junto para ponerlas en mi compost doméstico y así participar del otoño en mi localidad. Propiciar un destino amable a ese residuo que aquí, tan lejos de tierritas no podría separarse de las otras basuras. Siempre me cautiva, en nuestros hogares, nuestros cuerpos y nuestros quehaceres, observar qué podemos filtrar de los males más amplios que nos rodean. Cómo podemos empequeñecer lo que sucede tanto como sea suficiente para que quepa en nuestras vidas, encuentre su sitio en nuestras vidas. Más temprano cuando salía del barrio, la mujer de la librería salía fuera a barrer las hojas de la vereda que puntuales habían caído. A través de uno de los relfejos vidriados la veía y su gesto me parecía hogareño y manso, sustraído al ritmo del trabajo o habilitando otros tiempos, más sólidos y acostumbrados, más cercanos a la vida de lo que a veces parece que estamos. ¿Cómo continua la vida en nosotros? ¿Cómo pervive a nuestro alrededor?, sería la pregunta por momentos tonta y en otros tan profunda que me cautiva todo este tiempo, también hoy cuando salía de casa para ir a dar taller. Incluso mientras volvía donde cada tanto, entre medio de casas que no me gustaban o mugres que me molestaban daba con portales bellos, caminitos verdeados, plantas tercas, ventanas pobladas de gatos y gente que me hacian esperar que quizás allí, en el centro, insulares barrios domésticos se mantenían. Quizás no tan amplios y preciosos como el que me rodea, pero igual de auténticos y rabiosos de vida. Me sentí dichoso por volver observándo todo aquello, por hacerlo caminando sin sentir cansancio sino apenas satisfacción de tarea cumplida. Atravieso a pie la ciudad de provincias en que vivo, tiendo la ropa en la noche. Como una reina, catalogo incansablemente mis tesoros, escribo a cada rato en mensajitos, cuadernos, drives y posteos como si mis pertenencias fuesen demasiadas, como si la maravilla que me ha sido otorgada me excediera y tuviese que día a día recorrerla, guardando sus nombres, anotando sus valores en cuanto lo veo. Espero el colectivo cuando la siesta ya se ha ido y la tarde comienza sus amores con el anochecer. Nuestra precariedad es en exceso preciosa.
viernes, 21 de marzo de 2025
de mi compost salió un cítrico que mis papás llevaron hasta su patio para transplantar
domingo, 16 de marzo de 2025
leí esta novela después de rendir
Hace unos días compré esta preciosa novela de Ana María Matute al emprendimiento Pueblos Libros. Fue el libro que elegí para que acompañe mi descanso luego de haber estado leyendo bastante las demás semanas para un quehacer puntual.
Qué libro elegimos para que comparta con nosotros el pasaje por unos días transparentes y frágiles no es menor. Tenemos que afinar la mirada, abrir la intuición, confiar en lo que sabemos de antemano. Yo escogí éste por varios motivos. Entre ellos porque el usado que conseguí está en la colección rba de narrativa cuyas tapas duras y serias páginas siempre me conectan con una sólidez que no encuentro en otros lados y que de vez en cuando necesito. Me recuerdan todo lo que está enraizado ya en la vida, muchísimo más allá de nosotros. Tengo varios de esa colección que heredé y voy leyendo de a poco a través de los años, como en cuentagotas de esa contundencia que me dan y luego dejo decantar.
También lo escogí porque había oído de su autora durante el aislamiento social. Vi su discurso al recibir el Cervantes, y también un documental donde hablaba una hermana que vivió con ella los últimos años. Tengo lindos recuerdos de todo aquello.
En esa época me interesé también por otra autora que comparte con Matute tiempo, espacio e intereses que es Carmen Martín Gaite. De ella conseguí no recuerdo cómo "Ritmo lento", que devoré en esos días. Después leí "Entre visillos" que tiene un imaginario similar a "Primera memoria", este que ahora leí. Ambas escribieron durante el corazón del franquismo, apabulladas por esa quietud en la cual a pesar de todo vivían, amaban, crecían. Sus novelas recuerdan cuán hermoso y terrible puede ser un mundo cerrado. A mí me gusta leerlas por su lejanía con mi vida, y con las literaturas que suelo estudiar con más seriedad y compromiso.
Por mi oficio me volví perspicaz en observar y atender los sinuosos recorridos que traman las lecturas dentro nuestro. Miro sus muchísimos afluentes y derivas en mí mismo, pero también en quienes acompaño en sus procesos de lectura. Allí busco oír ese recorrido, visibilizarlo y ponerlo en valor para alentarlo y acariciarlo.
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Tengamos linda semana,
Kevin.
me llené de mocos
Me llené de mocos. No deben haber aparecido mágicamente, pero los noté con claridad el viernes a la tarde, en el exacto compás en que acabab...
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Acerca de Pará de contar de Daniela Godoy. Paraná. La Ventana ediciones. 2025. Con una foto balcón florido del libro tomada por Gretel, su ...
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Me llené de mocos. No deben haber aparecido mágicamente, pero los noté con claridad el viernes a la tarde, en el exacto compás en que acabab...
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Dejé el celular en casa antes de salir, mi práctica agroecológica para no distraerme en el colectivo, la caminata, la clase o la actividad a...
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