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viernes, 9 de agosto de 2024

empleo público


Las veces que creo ya vi todo lo que Antonio hizo en la tele, me encuentro con un pedacito más que ni siquiera sé dónde ubicar. Acá está haciendo de la Empleada Pública con Susana como si estuvieran en las puertas de Telefe. No es el ciclo del dos mil diecisiete en que juntas hacían como que estaban en la entrada de la Casa Rosada durante la gestión de Macri. Acá es otro tiempo. Además de que acá el cuento es otro, se les nota en las caras, en el vestuario, en la imagen del vídeo. ¿Pero cuándo fue? A veces en los comentarios tiran fechas, pero no sé si creerles. Me resulta difícil periodizar, ¿a dónde tendría que recurrir para tener más certeza? El vídeo, subido al canal de Telefe en dos partes, dice que es de hace diez años. Pero cómo saber si la emisión era de entonces -¿dos mil trece? ¿dos mil catorce?-. o es que se les dio por subirlo en ese momento. Tanto Telefe como El Trece de a ratos suben novelas enteras a destiempo en los últimos años, junto a la duplicación de la programación contemporánea. 

Acá entrevistan a Adriana Aguirre que está muy flaquita y dice que se separó hace poco. Podría ubicar ese dato. El sketch no me cautiva tanto como los del diecisiete. Aunque para entonces Gasalla será más viejo, hará la empleada con más ímpetu incluso. Hay un compilado de las conversaciones de la Abuela con Susana que termina con un fragmento donde ella y Antonio están como en la Casa Rosada y entrevistan a alguien que es candidato y también canta. Ni siquiera sé quién es, su nombre, su rostro no me son reconocibles. Me hace pensar en principios de los dos mil. Y entonces las empleadas que Gasalla hizo con Susana son por lo menos tres, contra lo que Antonio dijo en Intrusos cuando lo de Tinelli de que él quería hacer más personajes en el programa y no lo dejaba la producción porque insistía con la Abuela. Estoy seguro que la Empleada del diecisiete es consecuencia de esa entrevista y de ese año que Gasalla pasó en lo de Tinelli, pero están las otras anteriores que entonces Antonio no se estaba acordando en esa entrevista.

Cuando veo los vídeos, todos esos tiempos conviven juntos. No se separan ni se cortan por la distancia del tiempo. En todos somos todos los mismos, por eso me parece natural que de la declaración de Antonio con Rial se siga el desplazamiento en el programa porque cuando le oigo me parece oírlo a él y olvido la mediación no solo de la televisión sino también del tiempo. Esto es una gracia de la televisión como lugar porque pese a simular multiplicidad de espacios, el espacio es uno y me parece que en el pueden establecerse contigüidades entre Antonio en Intrusos, con Susana y yéndose a lo de Tinelli. Él es el mismo, y yo también. Tanto su actuación como mi mirada sostienen esa continuidad, arman ese espacio. Cuando él o Moria o Carmen hablan del teatro también contribuyen a ese territorio televisivo porque hablan y hablan acerca de un lugar que no queda ahí adentro, del que solo se ven pedacitos entrecortados. Como cuando Mirtha habla de su casa, de cuando va en el auto, de su dormitorio. Todos esos sitios que no vemos y que configuran las afueras de este territorio en que nos instalamos a pasar el resto de nuestras vidas.

miércoles, 10 de julio de 2024

la voz y el fénomeno



Me voy de vacaciones a las imágenes, todos los días un rato y a veces, temporadas enteras. Algo muy lindo que hacía la Abuela en el living de Susana era usar la televisión como aparato telefónico. Hablaba con su hermana Difunta a través suyo porque no tenían celulares. Aprovechaba a explicarle que se había confundido y se había traído el aparato del asma, o le pedía que se quedara quieta porque en la cama le había dejado una empanada para cenar. También con su nieta habló una vez para indicar lo mala que era: "¿Sentís? Sos una mierda, viste. Susana te lo dice", todo esto en alusión a las porquerías que ésta le hacía porque vivía en su casa de favor. 

En otras ocasiones habló con gente de Miami, aprovechando que el programa salía allá, y en especial con el astrólogo Pablo al que mandó a hacer la carta natal de Susana. Con el paso del tiempo, la propia Abuela recibió algunas llamadas telefónicas en el estudio. Una vez le trajeron el celular desde fuera de cámara, y otras le sonó en su bolsita. Eran novios de Susana que pedían derecho a réplica, su nieta que le exigía le preguntase algo a Susana mientras la extorsionaba, o sus "fuentes" informándola acerca de las actividades de Susana en el fin de semana. La Abuela convocaba con su voz a todas las demás personas que componían su sketch, porque mientras ella estaba hecha de voz, peluca, mañanita, bolsa y vestido las demás eran pura palabra abierta e ilusoria. En especial Difunta que es uno de sus personajes más preciosos, y que si nos atenemos a los hechos no cuenta como personaje de Gasalla, que creó tantos, sino de la Abuela que creó varios.

Los teléfonos están presentes en muchos sketchs de Antonio. La Dra. Goodman los usa repetidas veces en su consultorio antes, durante y después de la consulta. Siempre la llamada se corta o tiene interferencias. La misma Abuela cuando está en su casa confunde el timbre del portero con el teléfono un montón de veces, casi una por vídeo, y en alguna de todas esas cree que es Susana la que está llamando. Porque los teléfonos en las visitas al living de Susana tienen también ese doble signo, no sólo son un recurso que Antonio usó sino también uno que Susana exploró por antonomasia. 

Muchísimas veces también la Abuela pidió que llamen a los números de Susana cuando se ofrecía para curar gente en una temporada, y otra cuando Difunta se perdió y no sabía dónde estaba: "Decí hola Susana porque sino no te van a atender". 

La televisión como teléfono hace hincapié en la voz y olvida la imagen aunque haya una de las dos imágenes que vemos. El efecto que se genera es el de situarnos nosotros, nuestros ojos, a este lado de la llamada porque la televisión se compromete por entero con nuestra mirada. Nosotros estamos del lado de la televisión, existimos en ese plano de la realidad y recibimos la voz (la voz y el fenómeno) desde el otro lado. Las imágenes, fantasmáticas por excelencia, convocan a la voz ajena y lejana para curarse de su fantasmagoría. Hubo una vez en que la Abuela se sentó en el escritorio de Susana junto a ella y atendió un llamado de una concursante. Era una enfermera radióloga del Garrahan que acababa de comerse una tarta de atún con una amiga. Por la magia de la televisión, la Abuela y Susana quedaban del lado de la realidad y esa mujer que no vimos, con su relato, su trabajo, su premio y su existencia, del lado de la ilusión. Para la pantalla María Delia no existía, y ellas sí.

domingo, 7 de julio de 2024

las etiquetas de la ropa


Hoy a la tarde va a estar Campi en La peña de Morfi haciendo de Mamá Cora. Por la publicidad que vi, parece que será una mezcla de película, teatro y televisión. Los tres formatos se interceptan en la noticia ya que Campi está haciendo en teatro una versión dramática de la película que Doria trazó con la participación de Gasalla a mediados de los ochenta. Sin embargo, aquella versión cinematográfica, en la que Campi se basa para elegir su vestimenta y sus tonos de voz, estaba reescrita sobre una puesta en escena bajo las escrituras de Jacobo Langsner. Entonces Campi hace en el teatro una película que antes fue una obra de teatro. En Telefe van a pasar, de hecho, la película unas horas después del programa en que Campi y Mamá Cora estarán. 

Hasta aquí teatro y película, pero también hay televisión. No solo porque Campi va a la televisión para publicitar el teatro -y así lo dice en el aviso de la emisión de la película por Telefe por estas horas-, sino que también llevará consigo aquello que Gasalla hizo con la Abuela en televisión. En esa misma pantalla, por cierto. La Abuela fue un personaje que Antonio siempre quiso separar en sus declaraciones de la Mamá Cora interpretada en la película. Esto se ve en los textos por el cambio de vestuario y puesta en cuerpo (en la película lleva una máscara además de la peluca, mientras que en la televisión es su propio rostro con peluca), pero también por los cambios que realiza a la narrativa del personaje. En la película, la vieja está perdida, comete errores y no termina de comprender qué hacen con ella. En el programa televisivo, la vieja está repleta de ironía y maldad, siendo ella quien hace con los demás casi a sabiendas. Está perdida, pero esa pérdida no la lleva a tropezar como en el cine sino a hacer tropezar a los demás, dando cuenta de todas sus faltas y quedando ella indemne. Mientras que, por último, con Susana -y hasta la vez que estuvo con Marcelo- la vieja está lúcida, lleva adelante su vida e intenta que las vidas ajenas pasen por sus costados sin que la conduzcan ni ella conducirlas. Son tres viejas distintas, y esa multiplicidad se encuentra presente en las múltiples maneras que se la ha nombrado en la película, los sketchs y los sets televisivos: Mamá Cora, Abuela, Vieja. 

La televisión ha sabido poco, al menos a nivel consciente, acerca de estas sutilezas. Cuando querían pegarle a Antonio en Intrusos o LAM repetían que su personaje pertenecía al guionista de Esperando la carroza, sin darse cuenta de estas diferenciaciones y de una aclaración del mismo Gasalla respecto a que él ya hacía un personaje similar en el teatro por el cual Doria le llamó para ese papel. Aunque la genealogía del personaje pueda reponerse, también es cierto que hoy cuando Campi arribe al programa conducido por Lizy y Leuco tendrá todos estos malentendidos encima y con ellos proseguirá. Mamá Cora, en la película y en el teatro, cumple un rol y sigue un guion. En la televisión están la improvisación y los marcos textuales (van a ponerla en una pulpería, según vi), pero no el guion. Por ello lo que Campi hará tendrá un poco de teatro y película, pero querrá agregarle otro tanto de televisión sin darse cuenta que eran personajes distintos. 

Esto ya es algo que destina su intervención al fracaso, pero a la vez está el asunto de la necesidad de volver a reponer a Antonio en la televisión durante su ausencia. Aquello que habilita que hoy Campi interprete a Mamá Cora como si fuese la Abuela de Susana en la pantalla es la pérdida de Antonio; que él, ahora sí, ya no sepa quién es. Campi lo hace porque Gasalla ya no puede hacerlo. ¿Pero por qué seguir haciéndolo? 

Todo este asunto repercute sobre los modos que entendemos el archivo en televisión. No entiendo qué necesidad hay de volver a armar una escena que ya cumplieron, tanto Antonio como Susana, y con creces. ¿Por qué Telefe no repone en televisión las visitas de la Abuela living de Susana? ¿Por qué no las suben bien a su canal de youtube? ¿Por qué no las ponen en una plataforma de streaming? ¿Por qué la televisión es tan torpe en la gestión de sus archivos? 

Cuando sigo revisando los sketchs de Antonio, de todo tipo, encuentro comentarios contemporáneos donde se lamentan de la su ausencia en la realidad -un sitio al que Gasalla ya no pertenece-, y señalan, como modo de conformarse, que al menos ahora tenemos sus vídeos... Nos quedan horas y horas de genialidad, suelen decir, para ver cuando queramos. ¿Por qué a algunos nos alcanza con eso y a otros no? ¿Por qué la televisión no sabe eso que youtube sí? ¿Serán nuestros ojos los que cambian de una pantalla a otra? 

No voy a mirar el sketch de Campi con Lizy y Leuco. Los tres están muy lejos de la dupla legendaria. Cuando Antonio hacía de Ester Estress una vez se obsesionó con las etiquetas de la ropa. Su partenaire le decía, sentada en la cocina de un hogar de clase media tirando para baja, que qué tan grave podía pasar si lavaba en la máquina algo que decía lavado a mano. "Espero no enterarme nunca qué puede pasar", decía Ester poniendo cara de bronca, la voz firme y los ojos saltones. Bueno, así.

martes, 26 de enero de 2021


Veo en youtube unas emisiones completas de El palacio de la risa. El usuario Valentín Spagnoli las subió hace algunos años. A diferencia de otros canales que por ese mismo tiempo recortaban y cargaban a la plataforma segmentos (personajes), acá se reponen los cincuenta y chirolas del envío de ATC.

Una de las primeras impresiones que causa la continuidad repuesta sobre los sketchs es el avasallamiento. Los actores cambian de personaje en cuánto se consiguió un mínimo de estabilidad en la propuesta anterior. Así sus mundos nunca logran domesticarse, aunque sea la domesticidad lo que la abundancia de interiores hace suceda en la pantalla. Muchos de los cortes de apertura y presentación del programa en sus años de vigencia refirieron a esa multiplicidad, centrada en el rostro de Gasalla pero también hallable en los cuerpos de Norma Pons, Roberto Carnaghi y Ernesto Loran, por ejemplo.

Las escenas, por su diversificación, nos pasan por encima. Por eso hay avasallamiento, como si a fuerza de actuar lograsen algo más que hacernos reír. Antonio nombró alguna vez a su comedia como un "humor más mental", pero no es a eso a lo que quisiera referirme sino más bien a lo que sucede con los "cuentitos" durante esa bifurcación constante. "Cuentitos" es una categoría que el actor también construyó en entrevistas, vagamente, para determinar lo que cada personaje llevaba consigo al presentarse.

Otra impresión es la abundancia, el derroche que sucede durante esa embriaguez. Hay anécdotas de esto también, citadas al recordar el momento de grabación con Alejandro y Humberto como un exceso. A veces se les iba la mano y el material producido allí mismo, guionado por el movimiento de sus cuerpos delante la cámara y no antes, era tanto que no cabría en la televisión. El director les pedía volver a hacerlo, pero ahora más breve. 

Mucho se piensa entonces en la capacidad de este texto para llevar algo de Teatro a TV, y esa historieta del pasarse de mambo, como el avasallamiento y el exceso así lo probarían. También este presente, entre Volver y los fieles espectadores de youtube, nos habla de lo que no cabe o se hizo demás. ¿Cómo habrán hecho las imágenes para hacerse demás? Para pasarse de hervor y poder seguir alimentando más allá del momento en que fueron servidas... 

Mientras miramos nos damos cuenta El palacio... es un título que refiere al lujo, un topónimo que no le queda grande al programa en ningún momento. Cuando le preguntan si volvería a hacer televisión, él repone "a la televisión ya la hice y ya la aprendí", como si esas imágenes sueltas, dispersas en el hilado arbitrario que las une ahora frente nuestro, fueran no una enseñanza de lo que la televisión puede (como tantos comentarios bajo los vídeos hoy nos lo marcan) sino meramente la trayectoria de un aprendizaje que ellas hacen, quién sabe en busca de qué tipo de saberes.

viernes, 22 de enero de 2021

Rosas de otoño


Cada uno de los vídeos, incluso aquellos que pertenecen a períodos no tan lejanos en el tiempo, posee una película de seda impresa sobre sí que le otorga un aura que sino es de antigüedad, es de presente horadado por la memoria que arrastra. Parece un beneficio que la edad les ha otorgado. En vez de sucias, las imágenes parecen haber cobrado un sedimento, volviendo más sólido lo que ya estaba y no podía ser visto.

El aura viene del pasado, pero su imaginación pertenece al presente. Las imágenes siempre imaginan en presente. Investigar sobre este suceso contemporáneo a nuestra experiencia nos enrieda y entusiasma. El entusiasmo corresponde al descubrimiento retrospectivo: un darse cuenta que las imágenes van enseñando a medida pasan delante nuestro, anexo a su perenne fascinación. El enriedo por su parte se liga a la diseminación que enuncian, como polvo que vuela, cada vez que las tocamos. 

Veo entrar a Alberto Closas en el sketch de Soledad. Entonces apunto su nombre y detrás suyo encuentro una serie de películas, obras de teatro y apariciones televisivas. En su caso, por ejemplo, las imágenes, algunas irrecuperables, que los títulos prometen han sido tomadas en varios países por los que cuerpo e imágen han transitado. Closas falleció en 1994, poco después de su visita a la Argentina donde tuvo tiempo de hacer chistes de doble sentido con la señorita Soledad. Todas las promesas son anteriores a ese momento, y lo acompañan. Se abren en la imagen que recortamos. 

También aparece junto a su nombre el célebre matrimonio con Amelia Bence. Y en Amelia se guían otros derroteros, más títulos y más promesas. Entre ellos, junto a su nombre es imposible no inscribir la dorada letra de su amiga Mirtha Legrand. 

Tras sus términos, cine, televisión y teatro se dan la mano a la par de exilios, viajes y matrimonios. Entonces el alfabeto de polvo que las imágenes diseminan se vuelve todavía más incontrolable y nos obliga a seguir mirando. Con ellas vamos hacia atrás a la vez que hacia adelante en busca de los cuentos perdidos, las explicaciones no dadas y las promesas por cumplir. En algún sitio habremos de caber nosotros. 

miércoles, 29 de abril de 2020

Olvido, saber y vejez. Los dos tiempos de las imágenes en Antonio Gasalla.






Cuando hacía el personaje de Mamá Cora en El palacio de la risa, Gasalla imprimía al delirio de la vejez un áurea de abrigo y sustento. Desde la puerta de calle, la cámara seguía a la abuela a través de las habitaciones. A su paso iba desordenando la frágil estructura familiar y dando lugar a todos los enredos que proseguirían durante lo que durase el sketch: colgaba el teléfono en que Felipe esperaba la dirección de Emilse, extraviaba a Clotilde, y maltrataba al novio de Amanda en nombre de ella misma, su prometida.



Al llegar a la cocina se ponía a amasar y cebar mate. En la toma de 1994 en que Emilse va al dentista, los personajes dicen que fuera hace mucho frío. Por eso ella le ceba mates a su hijo. El mate parece ser lo único que siempre va a funcionar, y no es menor que sea ella quien lo haga andar.



En una entrevista con Ángel de Brito de comienzos del 2018, Gasalla respondía nuevamente a la recurrente pregunta de si el personaje había nacido con Esperando la carroza. Antonio explica que lo venía haciendo de antes, aunque de un modo más artesanal. En Esperando... se incorporó la máscara facial que llevó durante la filmación. Quitarla demoraba más tiempo entonces que colocarla. Por eso no podía sacársela en el entremedio de las escenas. Mientras el resto del elenco almorzaba, la abuela se sentaba en un cordón. A la gente le daba pena y le alcanzaba comida.



También le preguntaron por qué vivían en Ramos Mejía cuando eran chicos. Dice que un médico había propuesto curar el asma de su hermano haciéndolos mudar a una localidad por donde pasara el tren. Ahí lo hacía dos veces al día, durante las cuales había que estar con el chico en la Estación cuando pasara para que aspirase el vapor. Casi puedo ver a los hermanos corriendo para evitar perder un tren que no tomarán.



La escena comienza con el plano de ellos dos bajando por un camino de tierra y doblando a la estación. Prosigue con imágenes de sus rostros que demuestran preocupación mientras doblan hacia la Estación. El tren ya se divisa desde lejos, y se oyen los reproches entre ambos que conforman el bullicio de la infancia. Llegan rápido. Averiguamos para qué corrían cuando finalmente el menor es tomado por un humo blanco que lo cubre. Un fotograma de Esperando... o de Dos hermanos.



El otro relato conmovedor de Gasalla en Los ángeles de la mañana tiene que ver con los shows privados en que el personaje de la Abuela es contratado. Para algunos casamientos le piden que asista caracterizado. Si me pagan lo que pido, voy, decía entonces. Conversa con los invitados luego de entrar sin anunciarse, les va preguntando si es rico o no lo que comen y así.



Una vez la novia le pidió que entrase inmediatamente con ella. Fueron al escenario y se sentaron ahí a charlar. Era la segunda vez que se casaba, con el mismo hombre. Al rato vino el marido y pidió permiso para sentarse. Charlaron un largo rato, y hasta los hijos del matrimonio, adolescentes, se colocaron en cuclillas delante de ellos. Armaron un pesebre. Pobre gente, no habrán tenido una abuela y tuvieron que alquilarla.


















Algo bonito en cómo la Abuela se confunde al atender el telefonillo de su hogar es la capacidad para creerse visitada por innumerables personajes de la televisión, la fama y el éxito. Cuando preguntan por Elsa y ella piensa es Bielsa, el del fútbol, renueva un gag que, durante los años del envío televisivo, se fue repitiendo como marca. Dulce es pensar una casa como espacio digno de ser visitado. Esta es la equivalencia que ese error supone debajo: si hay una casa, hay posibilidad de ser visitados, ya sea por Adrián Suar, Osvaldo Laport o Monseñor Laguna. La Abuela no se cuestiona la identidad de esa casa, su anclaje social, cultural o económico. En su aparente senilidad, deja pasar la fama por su puerta, como si en la mente de Abuela la palabra casa pudiese equivaler siempre a un punto de referencia intensa, fuerte, capaz de convocar sobre sí estas visitas de lujo que ella enaltece ante sus convivientes pidiendo se comporten mejor "no ves Felipe que está Pappo acá". Esos malentendidos involucran la manera en que Gasalla decidió actuar la vejez, pero también permiten entrar otras creencias, las de una vida digna porque se sabe estable, continua y capaz de todo.





¿Se nos dice entonces que debemos confundir esa estabilidad, ese poderío, con la vejez? Hay, es cierto, una imágen de trascendencia, una licencia, que Gasalla compone sobre la Abuela. Ella puede, ella tiene permiso. Esa es la contracara de la invalidez y fragilidad no solo supuestas, sino también actuadas en esa anciana. 





Entonces, la cámara sigue el andar lento de una vieja mientras llega al portero. Es parte del ritmo que el teléfono suene, ella tarde en atender. Hay confusión al atender ese teléfono, sí, pero además también hay lentitud, demora. El error como dispositivo. (¿Cuánto puede la vejez equivocarse?, esto es, ¿cuánto puede cuestionarnos?)





Cojea unos momentos hasta llegar. Una inmemorial operación de la cadera (de la que "yo no quedé bien"), producto de un accidente de colectivo muchas veces relatado, historiza esa falla del cuerpo. La Abuela no posee sobre sí mayores problemas físicos. Su senilidad, su poética del error, se aloja entre los pensamientos y las palabras, en la imaginación. Ella es una mujer que imagina mal, esa es su marca. Su cuerpo mientras tanto posee todos los signos de sobrevivir, a la vida que ella vivió (¿cómo habrá sido? ¿con quiénes? ¿dónde?), sino también a esa imaginación. Un cuerpo que sobrevive bajo la sutura de un punto, de un centro, en esa cadera. 





En su vida, Antonio adquirió diferentes problemas de rodilla al crecer que le harían cancelar contratos, suspender funciones y abandonar temporadas. También mientras crecía adquirió la lucidez y poca paciencia de su personaje que, en cuanto es desatendida o desobedecida, no duda en insultar a familiares, vecinos, invitados o comerciantes. Del mismo modo, este verano Antonio se enfrentaba a un notero de Los ángeles a la mañana señalando que preguntaba "cosas que no te importan". "A mí me importa" decía el insoportable sonriendo, disimulando lo evidente. Antonio miraba a la calle, a un costado del notero, a un más allá de la cámara (un más allá que, curiosamente, también la incluía, tal como en la actuación sucede) y respondía con simpleza "No". Ese no, en su desnudez, es el gesto resumido de un rechazo, el signo de una maduración.





Ser viejo puede ser una forma de decir no. Más aún, en la parábola de Antonio, la vejez debe actuarse antes de vivirse. También, la vejez tiene una dimensión representada. O mejor, no se puede crecer si nos muestran cómo.





En este sentido, los que nos interesan son pequeños mundos, cerrados en sí mismos bajo la forma de un hogar. La vecindad, la casa de la Abuela, el departamento de Soledad. La cámara devela esos retablos breves, que se van extendiendo y manteniendo en los años, con sus personajes dentro. Van quedando en el tiempo, como barcos que navegan para ser la intrusión de un tiempo en otro aunque las imágenes siempre sean cercanas, no hay otro modo.





Son vidas pequeñas, en cuya representación se ilumina uno de los aspectos más opacos de nuestro saber sobre el mundo. Hay pocos espacios donde se desarrolle una pedagogía del estar-acá. Las imágenes son uno de ellos, y este es el aspecto que más potencian estas poéticas en particular.























Durante una de sus incursiones como la Empleada Pública en Showmatch, Gasalla propuso a Marcelo Tinelli uno de los juegos en cuyas destrezas ya había utilizado el personaje antes. Con la excusa gubernamental que fuese, la Empleada exigía al ciudadano se quitase la ropa. La pantomima debía continuar hasta el borde del ridículo, cuando la persona, a punto de llegar a la desnudez, se defendía y tapaba, se quejaba y ofuscaba. La Empleada seguiría entonces inconmovible, a veces forzaría, y otras pediría con lascivia. Mucho más seductor que Marcelo, un aquejado ciudadano interpretado por Sebastián Borras era desnudado década atrás junto al personaje. 




Sin embargo, ahora, dedicada a desnudar a Marcelo, el pedido se hacía con profesionalismo esta vez. Invocando la pretérita condición de "dueño del show" que solemos asignar a Tinelli, podemos suponer que Antonio informó a Marcelo sobre la representación que comenzarían, por más que se entregasen luego al vivo, las nivelaciones del raiting y, también y no menos importante, los demás miembros de ese retablo. En ese marco, el striptease de Marce es medido, controlado, seguro. Todos son un poco prudentes respecto a ese cuerpo, creo que incluso la propia Flora lo toca con cuidado y respeto. Mientras, Marce se quita las prendas en un baño de humildad, haciendo de tipo común, que tan bien le sale, hermanándose con el público a través de las estratagemas que han ordenado su discurso estos últimos años.





Todo va y viene hasta que, hacia el final, surge un nudo en la historia. El forcejeo era necesario en este sketch, antes y ahora. Recordemos de todos modos que, a diferencia del desnudamiento de Borras propiciado por Flora en compañía de Norma Pons, ahora tenemos a Gasalla solo, sin un actor delante sino apenas un famoso conductor, en el vivo de un programa ingobernable. ¿Cómo terminar entonces? El detector de metales suena sobre el bulto de Marce: preguntarse cómo seguir la fantasía, cómo seguir mintiendo, es preguntarse cómo seguir sin mostrar lo que no puede mostrarse. 





Pronto lo sabemos. Conductor y humorista extienden el sketch en directo hasta que un Marcelo en ropa interior comienza a correr. Flora ha pedido ayuda a algún masculino para que revise el miembro de Tinelli. Ella sigue pidiendo en ascéptica autoridad estatal. Flavio Mendonza, que a la saga hizo en esos años de enamorado del empresario televisivo, se ofrece gustoso y da su cuerpo a la escena. Entonces comienza una persecución, una huida de Tinelli, en la que Mendoza y Flora le siguen. Marcelo se oculta momentáneamente en los controles y hasta allí llega la autoridad pública a exigir la revisión. "Que te vea" le pide. "Que muestre", indica Flavio. "Mostrá", insiste Flora. "No voy a mostrasr". Por sobre el forcejeo verbal comienza un forcejeo físico. Están en un pasillo. Es angosto y las cámaras no acostumbran a filmar allí.





Por eso el suceso ocurre de espaldas a nosotros, de una forma opaca, que no terminamos de ver. Es un segundo, luego del cual los tres niños involucrados cambian sus tonos de voz, los modos de sus cuerpos, incluso sus miradas. Algo en sus actuaciones se trastoca. Sus personajes son conmovidos por un fulgor que proviene de otro sitio. 





"No, no, ya está, porque ya mostré y de verdad", anuncia Marcelo de una forma que escapa por un ratito de la risa y la parodia, para ubicarse en otro registro. Hay sonrisas de Flora, alabanzas de Flavio y una posterior confesión de parte del coreografo entonces jurado: "Hacé conmigo lo que quieras, te trabajo gratis toda la vida ahora". 





Parece ser que sí, que efectivamente, uno ha visto y otro ha mostrado. La representación termina allí porque han tocado un límite. Qué hacemos con ese límite, es decir, ¿qué entendemos que pasó? ¿Flavio forzó demás el boxer de Marcelo? ¿Flora se lo bajó como hacía con sus actores? ¿Marcelo quiso, en generosidad u orgullo, mostrar?




Esta escena, ex-céntrica al mundo que Gasalla supo cuidar y sostener, toca la posición de los cuerpos como verdad en el teatro, pero también a la imaginación como vía de llegada a la realidad. Jugando a imaginar, los niños se topan con lo real. La investigación sexual, decía Freud, es la sana pulsión de saber que caracteriza a los niños, quienes por lo demás, se la pasan jugando como hacen nuestros tres personajes en esta media hora de sus trabajos. Curiosos e investigadores, no duda en llamarlos el autor alemán, porque el saber que buscan nunca es un saber transtivo: la búsqueda pulsional es tal y tan fundamental que saber aquí es ya intransitivo.



La aporía de la actuación es la unidad del cuerpo. Al menos su pretendida unidad. La actuación se carga en el cuerpo, al modo en que Norma Pons siempre hizo, una y otra vez, de Norma Pons en esas imágenes. Al modo en que Gasalla hace, necesariamente, de Gasalla a pesar suyo. En una entrevista de Infama o Confrontados, Antonio dijo con mucha lucidez que si a él le piden hacer de él mismo, no sabe qué hacer. Es cierto, pero tanto como que Gasalla es el resto nominal de todos esos personajes. Al punto que su poética puede arrastrase, con sus cuotas de vida, a estos sitios inhóspitos. Entonces por momentos pensamos que el cuerpo tiene que ser el que es para hacer lo que hace. Pero de nuevo, ¿cómo es un cuerpo el que es? Del lado de Marcelo, el cuerpo también debe portar lo que porte entre sus piernas para ocultar/mostrar lo que oculta/muestra.



El asunto con nuestra anécdota es que los tres parecen sorprenderse ante aquello que encuentran. La sorpresa no pasa tanto porque haya mostrado / hayan visto como porque eso esté ahí. Entonces el acontecimiento radica en un saber del cuerpo, un encuentro con algo real que también sucede en televisión, entre cámaras, mientras se actúa.



En los noventa, hubo un sketch de la Empleada donde China Zorrilla hacia de una actriz uruguaya muy querida por el público que pretendía saludar al presidente. Gasalla y Norma Pons hacían de funcionarias que retrasaban ese ingreso. Todas lucen hermosas en sus papeles. En un momento, la fascinación del pequeño Antonio (¿o es Flora?) se asoma al preguntarle a China si no es cansador ir cada noche al teatro. Ella niega, en absoluto, alegando que actuar es entrar en un recreo: "Cansador es todo lo otro".














Las poéticas de la vida cotidiana, los mundos pequeños de casa de la Abuela. Ante estas historias la pregunta metodológica más importante que podríamos hacernos es, ¿desde dónde se sostiene la vida cuando se sostiene? Esto también es preguntarse, ¿qué condiciones necesita la vida para ser tal?





Se trata de volver una pregunta (¿hay vida sin cotidianeidad?) en un interrogante por la forma de la narración. Ante un relato podríamos pensar si el cotidiano es mostrado o escondido. ¿Se escinde ese cotidiano? ¿En pos de qué se lo escinde? ¿Pueden los relatos hacerle ole a la domesticidad de la vida? ¿Puede haber vidas no-domésticas? De nuevo, ¿es qué puede haber vida sin domesticidad? Las narraciones de la vida que ocultan ese aspecto, ¿qué nos contarían?





La forma en que se sostiene el relato de un día debajo de los sucesos maravillosos que cada sketch está destinado a contar. La búsqueda de un efecto de realidad que no está aquí asociado al espacio y su descripción como nos enseñó Barthes, sino a un tiempo y su transcurso. Los sucesos se mueven como si fuesen la descripción de un tiempo. 





Los vídeos nos muestran representaciones sobre cuyos bordes rebalsa el tiempo, generosamente ofrecido para que pueda tener lugar la repetición (el argumento) en cada nueva filmación. La gracia que Gasalla trajo del teatro a la televisión fue la capacidad de presentar esos fragmentos filmados como tales, como imágenes desprendidas de una continuidad, como si la cámara fuese ahora un escenario en lugar de un mecanismo de filmación. Sin muchos cortes, algún plano secuencia enterito o casi. La mirada no es omnipresente sino doméstica, situada en el margen de aquello que permanece ante la mutabilidad. Esa familiaridad transmiten aún las imágenes, y en ello hayamos fuente de tranquilidad y regocijo puesto el idilio no es tanto con una vida que pueda cambiar, sino con una que pueda permanecer.





El encanto de estar vivos no radica en el acontecimiento, sino en su permanencia, en sus remansos de estabilidad, en el tiempo exacto, enorme, dichoso en que la madre de Soledad se sienta a tomar mate. Nunca tiene que ir a ningún lado, siempre está ahí en esa mesa, tomando mate. Sin ella no habría trama, no tanto en el sentido argumental de los sketchs de Soledad en aquella época como en tanto que tejido, amarre, anclaje, solidez.





Las estéticas de la vida cotidiana comprenden el día como medida justa de las transformaciones. En él siempre habrá peligros y posibles maravillas, más todo podrá volver a su cobijo seguro. La casa de Clotilde, el departamento de Sole y su mamá, donde siempre seguirá habiendo tiempo porque en estas representaciones el tiempo no se gasta. Esa es la maravilla. Acá el tiempo no se gasta. Los personajes están sumergidos en la vida sin gastar el tiempo, sino usándolo, es decir, haciendo uso de él sin que pierda brillo, sin gastar, sin desgastar.





Entonces el plano se abre en medio de esa tranquilidad. La vida no hace ruido para estar. Al contrario, sostiene su feroz pulsión en otro estado, el de quien llegó para quedarse.





A partir de allí, lo que existe una forma particular de nostalgia ejercida por la vida en la propia vida. No es el producto de un abandono tanto como de un olvido.





Se trata de un poder alojado en las imágenes. Tiene la forma de una mirada. En ella hayamos la profundidad propia de la potencia que se aloja en «vida».





La mirada nos permite recordar cómo una vida es tal en la medida en que se desconocen los alcances de su potencia. Su presencia en el relato libera una posibilidad imaginativa no limitada, imposible de determinar con antelación. La nostalgia restituye esa potencia. Se trata de un señalamiento, al modo de un giro de cabeza que permite observar ese hecho por vez renovada.





Poner en abismo significa hacer centro, dar centro, pero también elaborar un vacío, un abismo, por el cual lo representado adquiere profundidad. Aquello que se desplegaba horizontalmente frente nuestros ojos, adquiere entonces hondura. Desde ese espacio nos interroga.





Una puesta en abismo acostumbra a sostener una enunciación interrogativa: ¿y esto qué es?. La nostalgia, en cambio, trabaja suavizando esa pregunta porque el sujeto ya sabe el qué aunque se sienta momentáneamente alejado. Las imágenes alejan y devuelven al sujeto, en un movimiento pendular que es propio de su forma de vincular temporalidades. Las imágenes siempre tienen, al menos, dos tiempos.









me llené de mocos

Me llené de mocos. No deben haber aparecido mágicamente, pero los noté con claridad el viernes a la tarde, en el exacto compás en que acabab...