sobre El jardín primigenio & Estudiantina de Alfredo Martínez Howard. Santa Fe. Tapir ediciones. 2024.
La colección “El ciprés y la estrella” de Tapir ediciones (Matías Armándola, Alejandra Dotti, Eliana Mercuri y Paula Favaloro), inaugurada el año pasado, se dedica a rescatar textos inéditos, olvidados o de escasa circulación de autores de la región con los cuales “empezar a discutir el orden actual de la literatura del litoral”. Se trata de una práctica impensada décadas atrás, cuando aún esos órdenes que hoy discutimos eran mucho más precarios, y cuando el trabajo sobre el archivo no convocaba las preocupaciones que hoy reúne. Sin dudas han sido puntos de inflexión, entre fines del siglo pasado y comienzos de este, la compilación, ordenación y circulación de las obras de Juan L. Ortiz, Amaro Villanueva, Mateo Booz, Juan José Manauta, José Pedroni, el archivo Saer o Emma Barrandéguy entre otros. Cada uno de estos nombres de autor conllevó investigaciones, publicaciones y derroteros particulares con mayor o menor impacto sobre el circuito litoral. Sin embargo, no deja de entenderse que a partir de esos establecimientos han sido posibles otras miradas sobre los sistemas literarios, las áreas culturales o las ‘literaturas’ a secas según cómo nos decidamos a llamar este fenómeno. En ese marco, rescates recientes y de menor porte –tanto físico como simbólico- han intentado discutir, ampliar o diversificar esa biblioteca retrospectiva. Pienso en el rescate de las obras de Isidoro Rossi que realiza Guillermo Meresman en Azogue o de la producción dramática de Emma Barrandéguy por parte de Camalote y Agua Viva. También en las reediciones y ediciones que Oye Nden propone desde Gualeguaychú.
Solo para nombrar algunos casos de novedosos circuitos de operación sobre el archivo en los cuales inscribo a Tapir como proyecto editorial. En ese marco, se publican los primeros poemas de Alfredo Martínez Howard (1910-1968), poeta paranaense que entre 1928 –antes de graduarse- y comienzos de la década del ’60 publicará una medida obra poética con marcas singulares. Lo que este rescate hace es volver a poner en circulación los textos iniciales de esa producción poética, no incluidos en sus libros posteriores y dados a conocer a través de diarios y revistas entre 1927 y 1934. Siendo la mayoría de estas publicaciones realizadas en Paraná, los textos también nos permiten reponer una estructura de sentir de la ciudad a comienzos de siglo. La puesta en valor de este patrimonio se completa con la lectura crítica por parte de Matías Armándola como compilador.
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Se trata de veinte poemas divididos en dos secciones. La primera de ellas, “El jardín primigenio” recibe el nombre de parte del compilador mientras que “Estudiantina” es un título que puede rastrearse en la propia textualidad de Martínez Howard. Aulas y jardines parecerían tener que ver poco entre sí, pero ambas espacialidades cuentan con las mismas preocupaciones y desarrollo por parte del joven autor.
En principio, el jardín reescribe sobre sí mismo sitios propios del modernismo tanto en Rubén Darío como en Leopoldo Lugones. Sin embargo, esto se hace a destiempo ya que, al momento que Martínez Howard escribe, las discusiones sobre el modernismo comienzan a saldarse en otras regiones de nuestro país. En este sentido, como señala Matías, la actitud de Martínez Howard al recurrir a esas formas recupera la operación contemporánea de un poeta a la sazón más consagrado que él, el Guillermo Saraví de Hierro, seda y cristal (1925). Así, y ésta es la hipótesis de Matias a la que adhiero, podríamos pensar que en la Paraná de esa década no se daba tanto un modernismo tardío y a destiempo como una franca resistencia a la ruptura y renovación. En este sentido, la pregunta crítica sería cuántas modernidades periféricas seríamos capaces de percibir. Si la de Buenos Aires fue en su momento un proceso insular, ¿cómo pensar la de Paraná en su resguardo del modernismo como estética e intento?
La necesidad de superponer la estética modernista al yo y la ciudad pueden leerse en esta primera parte del libro. En principio por la manera en que “La canción del recuerdo” recupera los sitios de la intimidad modernista para ubicarlos como el pasado al que se pertenece, donde se encuentran armónicamente ordenados: el recuerdo es una canción. Allí pululan las fuentes, las casas blancas y los cuentos fantásticos junto a la melancolía, la ilusión y los encantamientos lunares. En ese contexto está la cita a la “rauda caravana” del tiempo que nos trae al Rubén Darío de Cantos de vida y esperanza (1910). “¡La caravana pasa!” dice Darío, mientras Martínez Howard señala “y pasa ante el recuerdo la rauda caravana”. En ambos, caravana y recuerdo se aúnan pero, sin embargo, el Darío el recuerdo se vincula a su anterior actitud como poeta que, ante el paso del tiempo, se ha visto afectada. Martínez Howard en cambio se está allegando al espacio poético y lo que Darío ubica en sus libros anteriores (“el verso azul y la canción profana”), él lo ubica en su infancia a la que, literalmente, inventa como una prosa modernista.
Si el modernismo como estética finisecular permitió la apertura de una sensibilidad intimista, la infancia se volvería a lo largo del siglo el espacio predilecto de la intimidad como recuperación y pasado. Claro que para quienes como Martínez Howard se encontraba por primera vez con esa posibilidad de intimidad, la infancia debe haber sido una sorpresa, un mudo asombro. Al comienzo de su obra, el autor proyecta la infancia hacia el pleno futuro de la forma estética que acaba de encontrar. Por eso mismo, escribe la adolescencia en la adolescencia como puede verse en su “Estudiantina”.
Pero antes de ir ahí es bueno observar el tríptico “Los desnudos de Venus”, puesto que allí se encuentra el ejercicio más fuerte del conjunto por hacer de la ciudad el modernismo buscado. Este poema, como bien lee Matias en su texto crítico, se encuentra plagado de referencias librescas que Martínez Howard condensa y reescribe tanto para mirar el cuerpo femenino como el de la ciudad. Porque si bien al comienzo todos esos espacios de “La canción del recuerdo” conciben una Venus, luego será esta Venus la que se suba al “plinto de la Venus manca” para ponerse junto a una escultura que la voz poética ubica en nuestras barrancas:
Y al poder competir con su hermosura
vibró tu risa, cristalina y franca,
que estremeció dos veces la llanura
al duplicarla el eco en la barranca…
Todo aquí es, en efecto, duplicación. No solo la risa de la mujer vuelta Venus y la figura femenina, una al lado de la otra, subidas al mismo atrio: “¿Cuál de las dos más bella? –me dijiste-”. También es duplicación la reescritura de los tropos modernistas que referíamos, y la ciudad misma en la que el autor ubica una Venus que aún no está. El ejercicio es singular porque Martínez Howard logra aquí ver en la ciudad algo que todavía no es así, dado que la Venus del Parque Urquiza será donada por Pedro Martínez en años posteriores. Sin embargo, anterior a la escultura fue la mirada. Antes de poder ocupar su sitio nuestra Venus, que no es manca por cierto, lo hace la mirada poética que ha superpuesto sus lecturas a la ciudad que transita y a partir de ello, cuando quería escribir un poema acerca de la belleza y las formas, termina escribiendo un poema acerca de los dobleces. De nuevo la pregunta sería, ¿cómo se hace una ciudad con duplicaciones? ¿Qué nos queda para las ciudades nacidas de la copia? ¿Cuántas reescrituras caben?
Los “Versos para un jardín anochecido” que cierran esta sección nos muestran algo que seguirá presente en la estudiantina. Allí el deseo físico, punzado e insinuado en textos anteriores, se despliega con mayor fuerza. Para ello se vuelve necesaria otra estética, un crepúsculo para el jardín, los pasos previos a su abandono:
En la fronda, manos verdes
jugando a trompos dormidos
(equilibrio de capullos
entre cinco dedos fijos
que estrellan grávidos cálices).
Capullos en equilibrio
-senos de muchachas verdes
rajando verdes corpiños-,
escapados de los cinco
dedos, que se entregarán
a conservar –invertidos-
los retratos de la infancia
de los rebeldes cautivos.
¿Qué infancia, qué cautivos? La inversión de los dedos sobre los cálices muestra el doblez y evidencia la lectura que Martínez Howard hace del modernismo. Allí donde una estética quiso colocar vacío, la sensibilidad y el vacío propiamente provincianos llenan de senos y gravidez las formas. El poeta joven lee la calentura como fondo primigenio del modernismo y va rápidamente de del anochecer del jardín al cuerpo. Jardín, cuerpo y ciudad como espacios contiguos reciben atenciones diferentes a lo largo de las piezas de esta sección. Aquí el cuerpo se vuelve el jardín anochecido, y el deseo se explícita:
Nocturna teta redonda
rompe también su corpiño,
y lo verde, descansando
junto a la carpa de un pino,
consume negros tabacos
bajo humaredas de cirrus
quemando a trechos la sombra
con llamaradas de lirios.
Quemar las sombras, romper las formas, los corpiños, que parecen ya haber sido tomados por lo verde: ¿por qué sino está descansando y fumando? Se trata, claro, de ocupar una forma, de hacer uso de una forma más que de perseguir una forma. El modernismo en esta lectura aparece como un aprendizaje veloz, como un uso, del que podemos desilusionarnos pronto, como sucede en otros poemas de la sección, o del que podemos hacer uso para luego descansar.
La calentura como programa de estas piezas va a poblar toda la Estudiantina. Valgan los “Versos de la clase de Instrucción Cívica” para ejemplificar esta manera de proceder:
Azul en tu mirada. Blanco tu delantal,
y en tu cabeza amaneciendo el sol
(¡ah, qué soberbio el escudo nacional
si en tus manos alzaras el gorro frigio de mi corazón!).
Allí donde la temática parece conducirse a un punto, por el título y por las primeras referencias –azul, blanco y sol-, se vira rápidamente al romance y la mirada amorosa, el deseo amoroso. Si bien este deseo no es explícitamente carnal como en el poema que antes leíamos, la lectura del conjunto en este libro permite quitarnos posibles inocencias en el abordaje de estos textos. Cada una de las clases retratadas será pensada desde el noviazgo, como si el espacio áulico fuese el sitio de un aprendizaje amoroso. Todo esto se colma, como en el poema citado, de ironía. Por un lado por la sátira de los contenidos estudiados y de la maestra incluso. Por otro porque la imagen que se brinda es la de un estudiante perezoso con un único interés amoroso en su presencia escolar, lo cual contrasta con el uso de la rima, la métrica y las referencias librescas –nunca explícitas- de los poemas. Los poemas que el joven Martínez Howard publica en El Diario de Paraná tienen la métrica de una contestación callejera: “Conos, los que tú tienes palpitando en el seno…”.
Esto puede leerse también en la historia de uno de los fragmentos del poema “Estudiantina” donde el poeta con el paso de unos años cambia la expresión “rayar” por “penetrar” al momento de escribir, justamente escribir, el nombre de la amada:
por penetrar el banco
con las tres letras de su nombre breve,
y por mirar una curvita leve
que redondeaba su uniforme blanco
Estas son las triquiñuelas del recuerdo también que, al volver hacia el pasado, permite mirar en esa brevedad y levedad mucho más de lo que seguramente entonces se veía. La estrofa es ejemplar: penetrar en el banco, mirar las formas incipientes (curva, nombre). Todo ello es una poética posible. Aunque breve, el nombre está. Aunque leve, la curva está.
El poema parece ser entonces, hace un siglo atrás, la manera en que algunos deseos pueden enunciarse. Pertenecen a un ámbito de ensoñación, como en el poema “Sueño” donde se sueña con escribir “amorosas preces” como si estos poemas, materiales y existentes, no fueran esas preces soñadas. El deseo, siempre interdicto, puede hacerse público a partir del uso de formas estéticas legitimadas en otro contexto. ¿Cómo habrán sido leídos estos poemas en aquel entonces por otros públicos y generaciones? Si bien hoy nos parecen conservadores y medidos, ¿qué irrupciones o acechanzas habrán provocado estos versos en aquel entonces? ¿Habrán generado algún deseo, alguna calentura? ¿Cuánto de toda esa ensoñación podía entonces cumplirse?
En su rescate crítico, Matías trabaja con dos hipótesis que me parece necesario reseñar. La primera que el contexto de producción de estos poemas, como ya citamos, no es un modernismo tardío sino una resistencia. Y yo agregaría, un uso del modernismo para dar lugar no solo a una voz poética propia sino a nuevos deseos, nuevas sensibilidades en la Escuela Normal de un siglo atrás. La segunda, retomando algunas voces críticas de nuestra provincia que señalaban lo contrario, que los textos iniciales de Martínez Howard no deben ser desatendidos. La lectura de estos poemas, las preguntas que nos generan, las relecturas que suponen es prueba suficiente de ello.