domingo, 7 de julio de 2024

las etiquetas de la ropa


Hoy a la tarde va a estar Campi en La peña de Morfi haciendo de Mamá Cora. Por la publicidad que vi, parece que será una mezcla de película, teatro y televisión. Los tres formatos se interceptan en la noticia ya que Campi está haciendo en teatro una versión dramática de la película que Doria trazó con la participación de Gasalla a mediados de los ochenta. Sin embargo, aquella versión cinematográfica, en la que Campi se basa para elegir su vestimenta y sus tonos de voz, estaba reescrita sobre una puesta en escena bajo las escrituras de Jacobo Langsner. Entonces Campi hace en el teatro una película que antes fue una obra de teatro. En Telefe van a pasar, de hecho, la película unas horas después del programa en que Campi y Mamá Cora estarán. 

Hasta aquí teatro y película, pero también hay televisión. No solo porque Campi va a la televisión para publicitar el teatro -y así lo dice en el aviso de la emisión de la película por Telefe por estas horas-, sino que también llevará consigo aquello que Gasalla hizo con la Abuela en televisión. En esa misma pantalla, por cierto. La Abuela fue un personaje que Antonio siempre quiso separar en sus declaraciones de la Mamá Cora interpretada en la película. Esto se ve en los textos por el cambio de vestuario y puesta en cuerpo (en la película lleva una máscara además de la peluca, mientras que en la televisión es su propio rostro con peluca), pero también por los cambios que realiza a la narrativa del personaje. En la película, la vieja está perdida, comete errores y no termina de comprender qué hacen con ella. En el programa televisivo, la vieja está repleta de ironía y maldad, siendo ella quien hace con los demás casi a sabiendas. Está perdida, pero esa pérdida no la lleva a tropezar como en el cine sino a hacer tropezar a los demás, dando cuenta de todas sus faltas y quedando ella indemne. Mientras que, por último, con Susana -y hasta la vez que estuvo con Marcelo- la vieja está lúcida, lleva adelante su vida e intenta que las vidas ajenas pasen por sus costados sin que la conduzcan ni ella conducirlas. Son tres viejas distintas, y esa multiplicidad se encuentra presente en las múltiples maneras que se la ha nombrado en la película, los sketchs y los sets televisivos: Mamá Cora, Abuela, Vieja. 

La televisión ha sabido poco, al menos a nivel consciente, acerca de estas sutilezas. Cuando querían pegarle a Antonio en Intrusos o LAM repetían que su personaje pertenecía al guionista de Esperando la carroza, sin darse cuenta de estas diferenciaciones y de una aclaración del mismo Gasalla respecto a que él ya hacía un personaje similar en el teatro por el cual Doria le llamó para ese papel. Aunque la genealogía del personaje pueda reponerse, también es cierto que hoy cuando Campi arribe al programa conducido por Lizy y Leuco tendrá todos estos malentendidos encima y con ellos proseguirá. Mamá Cora, en la película y en el teatro, cumple un rol y sigue un guion. En la televisión están la improvisación y los marcos textuales (van a ponerla en una pulpería, según vi), pero no el guion. Por ello lo que Campi hará tendrá un poco de teatro y película, pero querrá agregarle otro tanto de televisión sin darse cuenta que eran personajes distintos. 

Esto ya es algo que destina su intervención al fracaso, pero a la vez está el asunto de la necesidad de volver a reponer a Antonio en la televisión durante su ausencia. Aquello que habilita que hoy Campi interprete a Mamá Cora como si fuese la Abuela de Susana en la pantalla es la pérdida de Antonio; que él, ahora sí, ya no sepa quién es. Campi lo hace porque Gasalla ya no puede hacerlo. ¿Pero por qué seguir haciéndolo? 

Todo este asunto repercute sobre los modos que entendemos el archivo en televisión. No entiendo qué necesidad hay de volver a armar una escena que ya cumplieron, tanto Antonio como Susana, y con creces. ¿Por qué Telefe no repone en televisión las visitas de la Abuela living de Susana? ¿Por qué no las suben bien a su canal de youtube? ¿Por qué no las ponen en una plataforma de streaming? ¿Por qué la televisión es tan torpe en la gestión de sus archivos? 

Cuando sigo revisando los sketchs de Antonio, de todo tipo, encuentro comentarios contemporáneos donde se lamentan de la su ausencia en la realidad -un sitio al que Gasalla ya no pertenece-, y señalan, como modo de conformarse, que al menos ahora tenemos sus vídeos... Nos quedan horas y horas de genialidad, suelen decir, para ver cuando queramos. ¿Por qué a algunos nos alcanza con eso y a otros no? ¿Por qué la televisión no sabe eso que youtube sí? ¿Serán nuestros ojos los que cambian de una pantalla a otra? 

No voy a mirar el sketch de Campi con Lizy y Leuco. Los tres están muy lejos de la dupla legendaria. Cuando Antonio hacía de Ester Estress una vez se obsesionó con las etiquetas de la ropa. Su partenaire le decía, sentada en la cocina de un hogar de clase media tirando para baja, que qué tan grave podía pasar si lavaba en la máquina algo que decía lavado a mano. "Espero no enterarme nunca qué puede pasar", decía Ester poniendo cara de bronca, la voz firme y los ojos saltones. Bueno, así.

jueves, 4 de julio de 2024

la televisión y sus destinos


Continuo entrando y saliendo de las textualidades, como una viajera extraviada que ha perdido sus papeles de contrabando y ya no sabe cómo continuar leyendo. Me sorprende que las imágenes elegidas para representar a Alf nuevamente ante el público luego de seis años de ausencia sean imágenes televisivas. En la sala de reuniones de un comité decidido a resolver el futuro del Proyecto Alf, los oficiales que protagonizarán la película proceden a mostrar grabaciones de las pruebas de laboratorios a que el extraterreste fue sometido en los últimos seis años. En las cintas que transmiten se van salteando las fechas, yendo de un año a otro rápidamente, mientras Alf no cambia de postura ante las imágenes. Está en todas sentado, respondiendo preguntas, realizando cuestionamientos, a veces atado, otras desatado.

Así se abre la película "Proyecto Alf" en 1996, cuando se pretendía cerrar la trama inconclusa que la serie deshilachó seis años antes. La televisión fue importante para Alf como serie. Él mismo la miraba asiduamente. Willie apareció en ella a propósito de una estafa de la que fue víctima, otra Alf se coló clandestinamente en la pantalla televisiva de sus vecinos para hacer entender a Raquel que no estaba loca por haberlo visto. En una ocasión Willie y Brian fueron entrevistados por un canal local, en otra el propio Alf escribió guiones para una telenovela basándose en lo que estaban viviendo en la casa. Hubo más, puesto que Alf mismo soñó para sí un show televisivo más de una vez. La serie dedicó un capítulo doble a esta fantasía en uno de esos casos, y, en otro, los debates televisivos con motivo de las elecciones presidenciales se colaron en los ojos y los sueños de Alf y Kate.

Alf fue una fantasía hogareña, y como tal no dejó nunca de tematizar la televisión. En la película no aparece solamente al comienzo, sino que se vuelve el nudo de la trama. El ex investigador de la NASA que traicionará a los nobles soldados pretende presentar a Alf en la televisión internacional a través de una entrevista vía satélite que el ejercito llega a tiempo de detener. A diferencia de otras serie como La niñera, donde la televisión aparece tangencialmente, aquí se va volviendo omnipresente. De hecho, la casa de los Tanner es la reversividad de las imágenes. El exterior que Alf recibe llega a él a través de la pantalla, mientras que el interior que recibimos llega a nosotros a través del otro lado de esa pantalla. El interior de ese hogar y la cinta de vídeo a través de la cual vemos a Alf, su televisación, funcionan en espejo.

Por estos días, uno de los sacerdotes conservadores que escucho debatir sobre las condiciones actuales de la teología y la doctrina cristianas en sus sermones se refiere a sus vídeos de youtube (cada predicación es grabada, y luego subida) como "la televisión". Isabel de Gran Hermano entendió cuando estuvo con Martín Cirio vía stream que no podía decir malas palabras por el horario televisivo, como si las formas se equivalieran. La trama misma de las tendencias de X ha estado dominada en los últimos meses por una experiencia televisiva como es Gran Hermano. Estas supervivencias incandescentes de la televisión, contrarias a sus pronosticados finales, no nos hablan tan solo de la multiplicación e hibridación de las pantallas sino del lugar central de la televisión como fenómeno cultural para leer las demás pantallas. El efecto televisión continua, y será necesario volver a pensar qué era aquello para entender las formas presentes y sus destinos. La representación de la televisión dentro suyo, su inscripción en las series, tal como las escenas de lectura en las novelas, podría darnos algunas pistas no sobre lo que la televisión fue y es sino, lo que es más importante, sobre qué imaginamos que sea.

lunes, 1 de julio de 2024

no despiertes si sueñas amores


Las botellas de agua están sin etiqueta, como en la tele aunque estén por streaming. No solo las botellas, sino la escena en sí está limpias, llena de amplitud y comodidad. Los tonos son sobrios y pulcros, ni el azul de Cristina ni el negro de Pedro alcanzan a ser colores fuertes. Ningún objeto se destaca salvo sus rostros. A diferencia de Milei, Cristina no asoció jamás su imagen a la espontaneidad ni a la confusión. En todas sus apariciones, su construcción es endocéntrica y reclama protagonismo. Esto no es una virtud necesariamente, sino una actitud respecto al devenir de las imágenes. Las cadenas nacionales grabadas y leídas de Milei son el momento más institucional de ese líder político, mientras que de ésta apenas podríamos decir que sus escuchas telefónicas y alguna visita al piso de C5N son el más televisivo. Cristina no es una figura televisiva, sigue vistiéndose, hablando, secreteando y armando como cuando presidenta. 

Ni Alberto Fernández, Mauricio Macri o el propio Néstor Kirchner fueron expresidentes como lo ha sido ella, con un cuidado de la imagen que no es, claro, estético sino político. Su imagen es limpia y medida porque en ella se ubican un reservorio de imaginaciones que hace de límite y base al peronismo en este siglo. El paratexto colocado por Gelatina a la entrevista se vincula a esto, y coloca en texto la modulación más fuerte por parte de la productora antes de dejar vía libre a la palabra que convocan según dicen por un valor en sí misma: "Mucho mejor que ser lo nuevo que arrasa es ser lo histórico que vuelve. A 50 años de la muerte de Perón, traemos a las redes la palabra de Cristina, la dirigenta que condujo al peronismo al siglo XXI". Desde 6-7-8 que no encontraba tanta claridad y sinceridad. Me interesa ese aspecto de la declaración paratextual, pero también el que está al comienzo. En ese enunciado, además de la toma de posición, hay un reconocimiento y una lectura del momento histórico que se vive. En ese gesto, la productora, el marco textual que aloja hoy la palabra de Cristina reconoce una retórica de la derrota que es muy importante para la reformulación de cualquier imaginación política futura. Mucho mejor que ser lo nuevo que arrasa es ser lo histórico que vuelve.

En esa frase se encuentran ya los bucles temporales que la entrevista pone en escena, y que no resuelve sino que muestra en su complejidad y apertura. La traza temporal de la entrevista es todo el tiempo ambigua, por empezar por el objeto que la convoca (Perón y la distancia con su muerte), junto a quien está llamada a traducir ese objeto, ese fantasma, convocado (Cristina y su cada vez más lejano gobierno). ¿Quién es entonces "lo histórico que vuelve"? Resulta Perón, pero también Cristina. Ambas lejanías, ambas distancias vuelven en el texto de la entrevista. 

Tanto la temporalidad ambigua como la incorporación de la retórica de la derrota me parecen aciertos porque resultan convocantes de forma contemporánea e inclusivos, pero también porque permiten entrever la problemática misma del peronismo que está empezando a configurarse como suceso histórico. Al asignarse a sí mismo ese carácter, el peronismo comprende su sitio en el futuro y se lo garantiza. Demás está decir que "volver" no es un término menor a la realización de la gramática peronista. 

El tiempo es abigarrado y ambiguo no solo en esa configuración estructural de la entrevista sino en la manera en que se abordan los temas. En momentos donde Pedro quiere conducir la entrevista hacia la evocación de Perón, ella realiza algunas declaraciones sobre el presente de las que vuelve rápidamente. Tanto ella como su entrevistador retroceden del presente durante la primera parte del diálogo, resistiendo cuando aparece e incluso escamoteando datos cuando hay alguna referencia a sucesos más cercanos como la elección de Alberto o la oposición de los libertarios al "colectivismo". Esto nos haría creer que el pasado ha sido elegido como territorio del discurso, este discurso, de Cristina. No de la entrevista, sino de la intervención. Parte del cuidado de Cristina sobre su imagen se relaciona a formular cada uso de su palabra pública como intervención. 

Sin embargo, a medida que la entrevista avanza no solo el presente vuelve a aparecer, y ambos a explayarse sin problemas sobre él, sino también el futuro. De este modo, se ve futuro tanto en las intervenciones de Perón (pasado con futuro), sino también en las preocupaciones que los dirigentes deberían tener en este momento según la expresidenta señala (presente con futuro). A la vez, hay toda una zona de la coalición gobernante que es asociada durante el discurso de Cristina con las consecuencias de acciones pasadas que van desde el endeudamiento promovido por el gobierno de Macri a la debacle económica resultante de la última dictadura (presente con pasado), aunque también otra zona donde las verdades peronistas, muy presentes en este stream, son convocadas para organizar lo que vendrá (futuro con pasado). Por último también se periodizan momentos de la historia, como los gobiernos de Perón, los del kirchnerismo o, muy sagazmente, del ejercicio de la violencia por parte de las fuerzas armadas (pasado con pasado). 

Estas distintas sumatorias del tiempo constituyen una de las zonas más interesantes para leer la entrevista. Con ellas se vinculan también las actitudes de cada una de las preguntas. ¿Cómo era la Argentina en el '74?, por ejemplo, es una pregunta extraña que resulta de la operación presente-pasado, donde Pedro se ubica en el presente y deja el pasado a Cristina. Allí la operación puede ser dañina, ya que el tono de Cristina pasa a ser el de una explicación. ¿Por qué tendría que explicar ella esto? ¿No podría ser aprendido por nosotros de otra forma? Este momento pedagógico -en el mal sentido del término, por cierto- acerca su discurso al de Milei: el dirigente como aquel que responde y explica, sabe algo que la comunidad no. 

Otras preguntas incurren en zonas temporales más densas. Así ante el planteamiento de la problemática bimonetaria, Pedro pregunta si nuestro campo tiene una propuesta para eso. Allí la sumatoria es presente-futuro, donde Pedro se ubica en el presente y ella en el futuro. Allí Cristina habla como presidenta, sin sitio a la dubitación o el error como en los momentos anteriores. Ese es su tono. 





Pero entre ambas tonalidades en que transcurre la entrevista, también hay una bellísima en que ella quiere explicar un aspecto del peronismo ligado a las escenas previas. Vuelven ambos, el joven y la vieja, hasta la isla de Martín García donde el general Perón escribe cartas amañadas a Evita donde le habla de irse a vivir al sur cuando todo esto termine: pasado que fue presente que quería ser futuro. Cristina cita una película (Juan y Eva, de Paula Luque), donde de todo su cuerpo elige referirse, justamente, al final y entonces, antes de relatar la escena advierte: "Como si fuera hoy me acuerdo de la película..."

¿Cómo podría recordarse aquello que no se ha vivido? Pero no solo que no se ha vivido, ¿cómo puede recordarse, como si fuera hoy, algo que no existió? La advertencia, el comentario de Cristina intersecta ficción, historia y realidad en un solo y mismo punto donde Perón entra a un departamento y la ve a ella sentada en una mecedora atrás de las cortinas en el momento en que sus miradas se cruzan. La película termina en el momento previo al nacimiento del peronismo. De ese modo, la escena final promueve otro orden: futuro con pasado, y no al revés. Solo allí podremos encontrar las estrategias para leer y escribir el presente a que hemos sido convocados. La tensión en que la entrevista se inscribe ocupa por otra parte esa misma estructura: él y ella, Pedro y Cristina, joven y vieja, varón y mujer, pasado y futuro.

La imaginación política no se vincula a la resolución de la realidad. Mientras el peronismo quiso constituirse como epistemología se encontró con las muertes, los exilios, las proscripciones, los diecisiete de octubre, los bombardeos, los sepulcros robados, es decir, las distancias. Aquellas que a veces solo arma el tiempo y, en las películas, las miradas. El recuerdo de aquella mirada vale en la entrevista más que las demás evocaciones de Perón, porque es el momento más ilusorio de toda la intervención. En su comprensión cabe algo que la política quizás no entienda, pero las personas sí. Nuestras miradas están hechas de ese vacío, y es en ese vacío donde deben llenarse.




lunes, 27 de mayo de 2024

la morosidad de todos los aprendizajes, la necesidad de toda representación

Puede ser muy riesgoso que dejemos de educar. Las aulas que atravieso por estos días llevan consigo porciones de enojo, tristeza, mudez, desagrado y apatía. No solo por los niños que las componen, sino también por los adultos que participamos de ellas. 

Los malestares de los niños son un reflejo pormenorizado de nuestras vidas y el mundo que sostenemos, bajo la forma que lo sostengamos. Por ello, a medida que el lazo social se ha ido degradando las formas de estar de los niños en la escuela pública han ido comenzando a estallar, intensificarse, escalar. Como consecuencia, no pocas veces los adultos que educamos nos hemos visto en la necesidad de retroceder en nuestra tarea. Muchas veces también transformarla, darle nuevos sentidos, ejercerla de otros modos.

Pero quiero quedarme con el retroceso, con los pasos que van hacia atrás. Son pasos hacia atrás concretos, nada metafóricos. El momento en que Cele iba a enseñarles a los niños de 5to cómo usar las acuarelas, y los golpes de puño entre tal y tal la hicieron dar marcha atrás, soltar las acuarelas y encargarse de desatar un conflicto cuyo comienzo desconocía y se pasó días después tratando de entender. El momento en que Jime nos iba a enseñar cómo usar nuestro títere en el teatrino, y la molestia de la panza de B., que empezó este mediodía, fue en aumento. Ya ni sabemos si es cierto, porque hay veces que no quiere salir, que quiere estar, que no quiere estar. No pudimos llamar a la familia porque no contestaban, a la final se le pasó y estuvo lo más bien. El momento en que Sabri iba a dejar en claro cuáles son los límites geográficos de nuestro país, y tuvo que abandonar todo por una pelea, otra más, con los estudiantes de Secundaria.

En muchas ocasiones cuando los educadores terminamos de resolver estas escenas -que son largas y complejas, involucrando a buena variedad de actores institucionales-, nuestro momento, nuestro tiempo y espacio para enseñar se ha terminado hasta una proximidad indecisa porque puede que pronto haya paros de transporte, necesidad de reclamar mejores salarios para nuestra tarea o mal clima y la escena se desarme una vez más... porque cuando no se desarma de adentro, se desarma de afuera.

Nuestro trabajo como educadores -en especial cuando somos talleristas- es sostener escenas de aprendizaje. Por lo tanto, qué difícil está siendo propiciar escenas en que efectivamente seamos nosotras quienes conduzcamos el tiempo y el espacio hacia la enseñanza, y no veamos esa temporalidad y ese territorio continuamente interrumpidos por reclamaciones de todo tipo y con todo comienzo. Reclamos, problemas, peleas, enojos, tristezas que empezaron en la calle, en las demás aulas, en la familia, en las pantallas.

Entiendo que parte de nuestra tarea como educadores es escuchar, intentar alojar algo de todo eso. No todo, algo. Pero también entiendo, quiero entender, quiero que recordemos que parte de nuestra tarea es ser escuchados. Sé que ninguna de ambas cuestiones, escuchar y ser escuchados, sucede mágicamente. Se trabaja para eso, y ese es nuestro oficio. Sin embargo, las dificultades contemporáneas son tantísimas que muchas veces nos vemos interpelados a abandonar esa tarea...y estoy empezando a creer en las actitudes de muchas compañeras y compañeros que el abandono comienza a ser por tiempo indeterminado.

Estamos pasando de desarrollar buenas clases a contentarnos con que haya buen comportamiento, de que escriba sin errores a que por lo menos escriba, de que avance en la apropiación específica de contenidos a que por lo menos haga algo. Luego empiezan las vociferaciones gobernantes a señalar que "no entienden lo que leen" y que "la educación pública es una estafa".

¿Se han detenido a pensar todo lo que se necesita para que un niño aprenda algo? Confianza, bienestar, buena alimentación, seguridad física y emocional. Tiempo y espacio. Adultos responsables, bien pagos, cuidados, capaces de cuidar y cuidarse. Instituciones fuertes, nobles, respetadas y respetuosas. Silencio. Concentración. Focalización. Repetición. Cotidianeidad. Ceremonias. Continuidad.

Cada vez tenemos menos de todo eso, en el mundo, en la vida, en nuestras vidas. No podemos reclamarle a la escuela pública algo que no construimos en la vida pública. La escuela es el corazón de esa vida, sí, pero necesita de un cuerpo en que alojarse.

Yo no sé si esa vida en común que cada vez se ha ido degradando más y más se restaura desde su cuerpo (sus plazas, sus colectivos, sus dirigentes, sus comisiones vecinales, sus calles) o sí desde sus corazones (sus hospitales, sus congresos, sus escuelas, sus universidades). A mí me toca estar en uno de esos corazones, intentando tirar líneas de papel crepé que vayan más allá de sí.

Hoy les dije a los chicos de 6to que cuando corregí sus relatos les coloqué que les habían faltado tildes en muchos verbos, señalándoles que cuando los usamos en pasado (dije pasado para no decir pretérito, y no dije pretérito para no decir pretérito perfecto...) necesitan esa tilde para distinguirse de la primera persona del presente: yo educo, él educó. Les dije que lo puse en las correcciones, pero que cuando lo escribía sentí que escribiendo como escriben tal vez no tengan ni idea qué es un verbo, y menos su tiempo o su persona. Sin embargo, aunque les parezca chino mandarín que les ponga eso, les dije que me parecía necesario porque son estudiantes del último año de la escuela primeria. Si no lo saben, aún podemos intentar enseñarlo.

Cuando yo terminé 6to grado, hace casi dos décadas, conocía los tiempos simples y compuestos del Modo Indicativo. También sabía que existían otros dos modalidades verbales en el idioma en que nací. Podía no recordarlos todos, pero sabía dónde y cómo buscarlos. Tenía una idea, no sé si vaga o precisa, de cómo funcionaban y que existían, eran parte de la realidad. ¿Y si tratamos de reparar la transmisión dañada pedacito a pedacito?

Cada vez está más mal visto educar, corregir, señalar un camino. ¿Cuál sería la idea? ¿Qué nadie corrija a nadie, que nadie nos indique por dónde es, qué nadie nos pase, nos enlace, nos transmita, nos herede nada? ¿Dejar eso librado a la buena suerte de cada quien? Puede ser muy riesgoso que renunciemos a educar, y nos confortemos con convivir sin apedrearnos unos a otros. Porque en ese cambio siento perdemos muchísimo del valor de nuestros lazos, empezando por la riqueza que tiene vivir juntos con un sentido, un significado en común. Quisiera una vivencia compartida, una comunidad, una vida pública que no sea solo una apariencia a punto de estallar, apenas contenido, sino algo más enraizado en otros principios, prácticas y saberes como los que tiene por misión ofrecer la educación pública argentina.

Encontrémonos en la calle todo lo que quieran, pero también en la escuela. Claro que no el edificio sino la bendita instancia simbólica que representa: el pasaje de la familia a la comunidad, de la vida privada a la vida pública. La morosidad de todos los aprendizajes. La necesidad de todas las representaciones. El 25 de mayo, me dijo una vez la Noe, es como la navidad de las escuelas. No hay fecha ni acto más representativo de lo que intentamos, entre la pose y el significado, entre la escena y el aprendizaje. Aprovechemos entonces estar en la víspera de esa navidad para pedir un deseo, éste deseo.

 



domingo, 7 de abril de 2024

como si el ruido pudiera molestar




A la mañana cuando desperté me hice el mate y lo puse en mis brazos para cargar la tarjeta. Los días de calor sofocante habían quedado atrás, y ahora estábamos en la humedad de las lloviznas y los rayos de sol. Hice todo el camino despacio, agradeciendo las baldosas rotas de mi barrio, la vegetación, la fauna de nuestras miradas en este trozo de ciudad. Quizás me engaño, pero en esos momentos siento que todos estamos tranquilos. No solo yo, sino todos quienes conformamos por ese tiempo el derredor. Quienes no estamos en la escuela o el trabajo, y nos dejamos ir en los mandados y las veredas. Esos mundillos son cofres de belleza, a los que no llego siempre ni de todos los modos pero en donde me encuentro afortunado y gozoso.

Después fui a la escuela, y cuando llegué tuve dos grados mínimos, menguados por la lluvia de la mañana. Con el primero jugamos a escribir con unos naipes donde hay, juntos, animales y libros. Pero con el que siguió nos pusimos a leer un cuento, porque el aguacero y la cantidad que éramos se prestaba para conocerlos desde allí. Todos sonrientes y dispuestos, atentos a lo que haríamos. Los estudiantes anteriores les habían dicho que íbamos a copiar un montón para poder engañarlos y aliviarlos al entrar, al mirarme y al preguntar. Con ellos leímos uno de los relatos que más adoro de nuestra preciosa literatura infantil argentina, y al que hace tiempo no regresaba. Un cuento que escribió Gustavo Roldán en los primeros años de la última democracia, “Como si el ruido pudiera molestar”, donde los animales del monte asisten, juntos y desconcertados, a la muerte del tatú. La historia se sostiene apenas en dos o tres mecanismos. La conversación de los niños animales con don Sapo al borde del río, donde ellos no entienden qué será morir y él les explica con los recuerdos acerca de aquello que emocionó y encendió al viejo tatú durante su vida. El viento entre las hojas, la forma en que trae y se lleva las penas de los animales y enmarca el pequeño acontecimiento de ese día. La escena del corazón del cuento en que el tatú siente frío, pide ir a su cueva, cierra los ojos y muere. Como educador y lector, siempre agradezco a Roldán la sinceridad de esa escena donde desde hace décadas hace tibio lugar a la muerte en nuestra literatura a través de unos pases que alcanzan sencillez y profundidad. 

Antes de leerlo temí lastimar algo de la ternura que veía en los rostros de este grado que recién me encontraba. Aún no me hago a la idea que puede haber caras distintas cada año, aunque muchas veces oí de pequeño que nosotros no nos quedaríamos sin trabajo puesto que niños habría siempre. Todavía sopeso la carga de esa afirmación, su multiplicidad a través de las aulas y los años. Confié mientras lo elegía en las conversaciones silentes que la literatura sostiene entre las personas, pero también en la necesidad de presentarnos, el taller y yo, desde esas latitudes. Leí despacio, tratando de colocar en mi voz la tranquilidad que el sapo tiene para con piojos y corzuelas. A ellos les pareció relajante y calmo.

A la salida hice unas cuadras de tierra y nos mandamos mensajitos con el Nico Indelángelo y lo acompañé a repartir unas mieles hasta donde Jime y Eva. Durante días no veo a nadie, y de repente me encuentro con todos o lleno cada huequito de mi jornada a través suyo. Me acuerdo y me olvido, simultáneamente, que existen. Me dio mis mieles, me dejó en casa de Noe y Juan y celebramos el cumpleaños de su pequeño. Desde la escuela ya estaba feliz pensando en esta visita, en encontrarme a la Alfon, probar las recetas que habían preparado con una dedicación que hacía apenas unos días había podido atestiguar con orgullo y simplicidad: nunca creí tener amigos, no estaban en mis planes cuando era pequeño, y todavía ahora en mi adultez veo cada una de sus presencias como apariciones, milagros, hallazgos en los cuales aprecio y guardo en mi corazón cada pasaje a su intimidad que me otorgan. Sin quererlo, me acuerdo mucho de las anécdotas, dónde estábamos, qué vimos, qué hacíamos, qué dijimos. En esos recuerdos la vida nunca es grandilocuente, sino que tiene una escala más precisa y acotada. La dimensión justa y necesaria para que nos suceda todo cuanto pueda pasarnos. No se diferencian allí los sucesos más graves o importantes de otros, sino que siento puedo recordarlos por igual y saber cómo tradujo aquello la vida, qué sitio le dio, cómo nos colocó allí.

Fue esa, de hecho, una tortura hermosa de estos días mientras te despedíamos. Acordarme de cada vez que te vi, todas o casi todas, porque todavía no sé si estos días me traerán alguna más. Me alegra y llena que el día de tu muerte haya sido una fecha así como la cuento -y la cuento para guardarla en mi corazón- llena de carisma en mi vida. Haber contribuido a que la existencia sea ese día esponjosa y amorosa mientras te ibas. No sé si te habrás deshecho mientras dormía o cuando desperté y tardé en levantarme, arremolinado en las sábanas. Mientras hacía el mate en la diminuta cocina del Paraná XIV, la de mis abuelos. Mientras corría la tiza sobre la pizarra y ponía, con mi mejor cursiva, las consignas del día. Alguna de las tantas veces a lo largo del día en que cerré los ojos, en que me sentí privilegiado, en que besé la cabeza de Piero, a cuyos padres, mis amigos, agradecí infinitamente su presencia el día después cuando me quedaba ahí en los costaditos de tu velorio, un poco temblando, otro tanto confundido por tu partida.

Con cada uno de los que venían nos abrazamos sin decir nada y sin hacer ruido, como si el ruido pudiera molestar. Incluso las lágrimas que tuve ese día o este vacío, este sopor que nos acompaña todavía, incluso este dolor es dulce. No creo el cuerpo sea una cáscara aunque se le parece. Pero no, no puedo ser una cáscara o habría que volver a entender qué son las cáscaras porque esta está hecha de un material muy fino y delicado, preparado en capas y capas de tiempos sucesivos para poder tocarnos, oírnos, atravesar la tela de los ojos…. Todo lo que tenemos. Vestiduras de estrella, mirlo, jazmín, rocío para guardar dentro suyo hechos maravillosos, anuncios tardíos de los ángeles. Cáscaras los cuerpos, pero sin adentro ni afuera. Vestiduras las nuestras, pero sin ningún cuerpo. Cuerpos los nuestros, pero hechos de misterio, carne invisible, nombres de ensueño. Efímeros no nosotros sino el mundo y el tiempo al que nos dedicamos, pacientes e irremediables, a deshojar.

Seguí, 17 y 18 de marzo...

jueves, 21 de marzo de 2024

asesinatos y olvidos


No miro noticieros desde hace mucho porque no soporto -o supongo nos hace mal- el tratamiento dado a las noticias. También porque por principio pienso, de un tiempo a esta parte, que debemos ser cuidadosos de la cantidad de información que recibimos. Todo aquello que oímos va teniendo que ubicarse dentro nuestro, y desde allí saturarnos, aquietarnos, volvernos más temerosos o molestos, formar parte de la manera en que comprendemos la existencia. 

No miro noticieros entonces, pero no dejo de estar atento de vez en cuando a diferentes titulares. Como los que Google elige para mí en la pantalla de inicio o los de páginas locales. Pueden sumarse también enlaces que abro a partir de los estados de WhatsApp de mis contactos. En ellos descubro esta semana macabras y novedosas formas de morirnos.

Debo sumar también la radio, que a veces oigo al venir con mi papá o subir a algún otro auto. Por ella me enteré hace poco del fallecimiento de un niño de trece años, aunque la nota le llamaba ya adolescente, al meterse en un freezer de su casa una noche de calor. Su muerte accidental recordaba otros sucesos similares en décadas pasadas, a partir de los cuales se podía reflexionar acerca de la necesidad de comentar con niños y adolescentes cómo se usan los artefactos y qué recaudos hay que tener pese a lo que nos parezca obvio o demos por descontado. En este caso, el reportero era bastante respetuoso de la tristeza del hecho que comentaba. Su tono y los adjetivos utilizados daban cuenta de ello. La nota me dejó pensando, por supuesto, qué habrá pensado el pequeño al meterse allí, y en este sentido qué vínculo puede tener esa muerte con las desconexiones de la realidad: ¿no es una imágen de dibujitos o videíto de life hack el suponer podía refrescarse así? ¿A qué imaginación técnica responde lo que quiso hacer?

Con ribetes más oscuros está el caso, que sigo a través de elonce, de un niño de tres años olvidado por sus padres en el auto al momento de ir a trabajar. Según la nota dice que luego dijeron, fue un olvido puesto que deberían haberlo llevado a una guarderia. Aquí ya es más difícil imaginar qué pasó, qué idea cruzó por la cabeza para semejante olvido, como en el caso anterior, de la vida. Cuando veía la serie del 911, un capítulo presentaba la situación de una mujer sobrepasada por si trabajo que atropellaba a un hombre, lo llevaba sobre su auto y tardaba mucho tiempo en darse cuenta. Todo en aquella escena estaba caricaturizado, pero se situaba además en los ritmos e imaginarios de trabajo de los Estados Unidos. Difícilmente se me ocurre esos sean ritmos presentes en nuestros países. La forma y demanda de nuestro trabajo también corresponde a nuestro subdesarrollo. Entonces, ¿cómo se lo olvidaron? Pero además, ¿cómo resistir a la tentación de interpretar ese olvido? Qué tenebroso ver asomarse el impulso tanático que reprimíamos, nos decían, a principios del siglo pasado más allá del principio del placer.

Esto se suma a las declaraciones de un empresario local vinculado a las estaciones de servicio que, siendo tendencia el crimen del playero a manos de sicarios en Rosario, señala, y el redactor elige ese sea el titular, que no está bueno que te maten un empleado. No puedo imaginarme, de nuevo la imaginación, una declaración más empobrecida respecto al valor de la vida humana. Una forma poco pasional de referirse a la muerte que pongo en serie con el abogado de la peluquería porteña donde un empleado fusiló a otro. El letrado señaló que aparentemente había algún conflicto entre ellos, pero que no son esas "las formas". ¿Cómo referirse a las formas, a cómo conducirse, a qué hacer en caso de, cuando ya no hay más posibilidad? Es decir, siento que cada una de esas líneas discursivas oblicuas abiertas a partir de asesinatos y olvidos desaloja de su léxico, de su imaginación, de su pensamiento quizá, el hecho de que la muerte interrumpe toda posibilidad al menos como los humanos la conocemos, es decir, como vida. Por ello me parece imprescindible poder volver a referirnos a la muerte como final, como situación irreversible, como gravedad. No como hecho pasajero, situación a revertir, conflicto que permanecerá, erogación no planeada. 

Siento en esas sutilezas de cómo hablamos, qué decimos y qué no, van los quehaceres del presente, nuestra intuición del mundo, qué estamos entendiendo por existencia. También todos nuestros temores, porque pienso en los niños que van oyendo acerca de lo fácil que es morirse cuando los noticieros cuentan acerca de estos accidentes o una balacera en que una pequeña resulta herida. Un miedo, una imágen, que viaja de la pantalla rápidamente a sus oídos y sus ojos mientras todos hacemos como si nada pasara. Pienso también en nosotros, puesto que cultivamos estos miedos y horrores alrededor nuestro y luego no entendemos de dónde proviene el pánico, nuestro o ajeno. ¿Cómo no tener miedo a morirnos si vemos a nuestro alrededor lo sencillo y popular que está siendo en este momento? 

La lista continua pues en ella también podemos agregar la violencia ejercida hace unas semanas contra una militante de la que nos enteramos ayer. Ahí también están, y seguí el episodio por Página 12 y sus comentaristas, los encuentros entre violencia y política que vuelven todo más complejo. Los comentarios de la página hablaban acerca del contexto pero muy poco sobre el dolor de la persona agredida. ¿Otro olvido...? 

Algo de todo eso tal vez se repare hablando acerca de lo que vemos, enterandonos de menos noticias también, claro, pero sobre todo hablando acerca de a qué tememos, que no queremos nos pase y qué hacemos al respecto o qué postura tomamos. En este mismo sentido, conversando acerca de la muerte, que termina siendo de lo que menos hablamos pese a estar fijados en ella cada canal de noticias. Hacernos una idea personal, familiar, afectuosa de ella, y también de lo que no nos gusta.

Poder decir, a mí no me gustar pasar mucho tiempo en grandes ciudades porque me parece cruel el trato que tienen las personas entre sí. Poder decir, ¿tenés repelente? Porque viste que dicen hay mucho dengue y es feo. Poder decir, qué triste lo que pasó en Rosario. No está bien que maten a alguien así.

sábado, 17 de febrero de 2024

la duda




En las escenas finales de Pasaporte a Río, Mirtha Legrand y Francisco de Paula se encuentran al borde de un puerto prontos a volver a Buenos Aires a través de una lancha incógnita. Tienen que escapar de una intriga policial en la que se han visto, durante toda la hora restante de la película, lentamente envueltos. Pero también deben intentar saltear una trama de afectos posibles y defectuosos hasta encontrar el matrimonio futuro. La película de Tinayre campea la segunda mitad de los '40, y todavía el matrimonio constituye el final de la novela. 

El puerto se ilumina de manera tal que cuando Mirtha camina a través suyo tenemos la impresión de ver un escenario, de asistir al teatro. El centro está despejado mientras los contornos se encuentran atiborrados de contenedores, pasillos y puertas. La luz de un faro, atravesando regularmente a los personajes, permitiendo un claroscuro en sus últimas escenas de amor, contribuye a esa sensación. 

¿Qué era el futuro para estas películas? ¿Qué entendían por el amor? Para irse de Río, Mirtha debe cerrar su amor con Ramón Machado a quien conoció delinquiendo frente a sus ojos en el teatro, a quien siguió reconociendo en la pensión, en el teléfono y en el mismo bar donde volvieron a encontrarse a un país de distancia. Ellos se enamoran, o eso creen, y la película textualiza esa duda. 

Yendo en barco para cumplir un pedido de Ramón mientras está preso, Mirtha encuentra más amor. El médico de a bordo, a quien usa Mirtha para conseguir llegar a salvo de la ley hasta su destino. El médico a quien Ramón deberá entregar a quien quiso para sí antes de entregar su propio cuerpo a la policía. Una economía llenísima, una economía improbable donde los tres protagonistas se preguntan todo el tiempo cuánto vale un hombre, cuánto una mujer, cuál amor importa, a quién entregarle el futuro.

Los dos escenarios en que se inscribe Pasaporte a Río, el del comienzo y el del final, se preguntan ellos también qué escenificar. Muchas películas de la época coinciden en desconfiar del amor, pero algunas insisten en llevar y traer alrededor suyo, forzando las posibilidades. Mirtha se va con el médico, al que preferirá por sobre el delincuente. Pero antes está el periplo, la duda, el deseo, es decir, la película.

me llené de mocos

Me llené de mocos. No deben haber aparecido mágicamente, pero los noté con claridad el viernes a la tarde, en el exacto compás en que acabab...