lunes, 3 de febrero de 2025
sábado, 1 de febrero de 2025
no somos irrompibles
Cuando
tengo ganas de llorar porque soy gay, miro episodios de Glee donde Kurt es acosado por algunos compañeros y se enamora de
Blaine que viene a rescatarlo. O me acuerdo de la escena de Get Real donde la pareja del protagonista
simula estar golpeándolo porque sus compañeros acaban de encontrarlo con él en
un vestuario. Él les dice que se vayan a vigilar si alguien viene y cuando lo
hacen, comienza a golpear un tacho mientras ambos sonrien. Hasta que en un
momento alguno de sus amigos entra y al no entender por qué no lo tiene
agarrado, entonces él, su novio, lo toma y lo golpea. O busco el vídeo que
subió Pixar durante la campaña It’s gets better por la ola de suicidios de
niños y adolescentes lgtb en Estados Unidos hace una década atrás.
Ahora acabo de mirar un vídeo de
Lali y María Becerra saludando desde un balcón durante la marcha y me dan ganas
de llorar porque no fui a la marcha, porque la escena es hermosa, porque no
vivo en Buenos Aires, porque soy gay, porque esté pasando esto, porque no
quiero bajar a los comentarios del vídeo. Deben ser horribles.
Tengo derecho a sentirme lastimado y
a dar lástima, y pienso usufructuar ese derecho hasta que sea quitado.
Pertenezco a un pueblo oprimido. Ya que mi drama toma la entera dimensión de mi
vida –así de apabullante es, cuando sos chico, darte cuenta-, entonces no
pienso olvidarlo en nombre de ningún otro. Ni la pobreza, ni Palestina, ni la
crisis económica mundial, ni la hiperinflación.
Durante estos días leí a analistas
políticos sacar cálculos acerca de si la reacción fue prevista por el gobierno.
A periodistas señalar cuánto todo esto le conviene a Milei. A influencers
libertarios señalar que el adjetivo fascista está mal. A funcionarios del
gobierno señalar que no se dijo lo que se dijo. A otros, respaldarlo. Leeré a
progresistas de ambos bandos señalar que los pobres, que la batalla cultural en
realidad, que es un equívoco, que cada uno salta por lo suyo. Un periodista de 6-7-8, no me voy a olvidar nunca,
preguntándole a Aníbal Fernández si no hay otras cosas más importantes que hacer
antes de votar el Matrimonio Igualitario.
¿Saben algo? Nosotros nacimos en un
mundo equivocado, y a veces, incluso, en un cuerpo equivocado. Desde que
sabemos, duelamos un mundo que no es ni será el amor que podríamos haberles
dado. Nosotros tuvimos que imaginarnos cómo sería el amor. Tuvimos que
inventarlo, siempre.
No creo en las identidades, salvo cuando
me atacan, cuando hablan acerca de nosotros. En ese caso, recuerdo muy bien
cuál es mi sitio. Sus cuerpos, sus gestos, sus silencios dicen con claridad
aquello de lo que nunca podremos hablar.
Recién ahora me doy cuenta que los
trabajadores de Pixar, sobrevivientes de sus infancias y adolescencias,
prometieron en vídeo a los jóvenes de su país que tendrían un futuro mejor (it’s
gets better). Algo que también creímos los adolescentes latinoamericanos que
besamos a Blaine junto con Kurt: una historia de amor en la Secundaria era
inimaginable para mí en mi vida, debía mudar mis ojos a otro país, otra lengua,
otra vestimenta y otro cuerpo para llegar a soñarlo. Y con eso y todo, qué
hermoso y qué importante fue soñarlo.
No tienen idea sobre qué herida
están hablando.
Nosotros
tampoco, pero al menos es nuestra.
Yo
no permito este dolor me sea quitado.
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