Puede
ser muy riesgoso que dejemos de educar. Las aulas que atravieso por estos días
llevan consigo porciones de enojo, tristeza, mudez, desagrado y apatía. No solo
por los niños que las componen, sino también por los adultos que participamos
de ellas.
Los
malestares de los niños son un reflejo pormenorizado de nuestras vidas y el
mundo que sostenemos, bajo la forma que lo sostengamos. Por ello, a medida que
el lazo social se ha ido degradando las formas de estar de los niños en la
escuela pública han ido comenzando a estallar, intensificarse, escalar. Como
consecuencia, no pocas veces los adultos que educamos nos hemos visto en la
necesidad de retroceder en nuestra tarea. Muchas veces también transformarla,
darle nuevos sentidos, ejercerla de otros modos.
Pero
quiero quedarme con el retroceso, con los pasos que van hacia atrás. Son pasos
hacia atrás concretos, nada metafóricos. El momento en que Cele iba a
enseñarles a los niños de 5to cómo usar las acuarelas, y los golpes de puño
entre tal y tal la hicieron dar marcha atrás, soltar las acuarelas y encargarse
de desatar un conflicto cuyo comienzo desconocía y se pasó días después
tratando de entender. El momento en que Jime nos iba a enseñar cómo usar
nuestro títere en el teatrino, y la molestia de la panza de B., que empezó este
mediodía, fue en aumento. Ya ni sabemos si es cierto, porque hay veces que no
quiere salir, que quiere estar, que no quiere estar. No pudimos llamar a la
familia porque no contestaban, a la final se le pasó y estuvo lo más bien. El
momento en que Sabri iba a dejar en claro cuáles son los límites geográficos de
nuestro país, y tuvo que abandonar todo por una pelea, otra más, con los
estudiantes de Secundaria.
En
muchas ocasiones cuando los educadores terminamos de resolver estas escenas
-que son largas y complejas, involucrando a buena variedad de actores
institucionales-, nuestro momento, nuestro tiempo y espacio para enseñar se ha
terminado hasta una proximidad indecisa porque puede que pronto haya paros de
transporte, necesidad de reclamar mejores salarios para nuestra tarea o mal
clima y la escena se desarme una vez más... porque cuando no se desarma de
adentro, se desarma de afuera.
Nuestro
trabajo como educadores -en especial cuando somos talleristas- es sostener
escenas de aprendizaje. Por lo tanto, qué difícil está siendo propiciar escenas
en que efectivamente seamos nosotras quienes conduzcamos el tiempo y el espacio
hacia la enseñanza, y no veamos esa temporalidad y ese territorio continuamente
interrumpidos por reclamaciones de todo tipo y con todo comienzo. Reclamos,
problemas, peleas, enojos, tristezas que empezaron en la calle, en las demás
aulas, en la familia, en las pantallas.
Entiendo
que parte de nuestra tarea como educadores es escuchar, intentar alojar algo de
todo eso. No todo, algo. Pero también entiendo, quiero entender, quiero que
recordemos que parte de nuestra tarea es ser escuchados. Sé que ninguna de
ambas cuestiones, escuchar y ser escuchados, sucede mágicamente. Se trabaja
para eso, y ese es nuestro oficio. Sin embargo, las dificultades contemporáneas
son tantísimas que muchas veces nos vemos interpelados a abandonar esa
tarea...y estoy empezando a creer en las actitudes de muchas compañeras y
compañeros que el abandono comienza a ser por tiempo indeterminado.
Estamos
pasando de desarrollar buenas clases a contentarnos con que haya buen
comportamiento, de que escriba sin errores a que por lo menos escriba, de que
avance en la apropiación específica de contenidos a que por lo menos haga algo.
Luego empiezan las vociferaciones gobernantes a señalar que "no entienden
lo que leen" y que "la educación pública es una estafa".
¿Se
han detenido a pensar todo lo que se necesita para que un niño aprenda algo?
Confianza, bienestar, buena alimentación, seguridad física y emocional. Tiempo
y espacio. Adultos responsables, bien pagos, cuidados, capaces de cuidar y
cuidarse. Instituciones fuertes, nobles, respetadas y respetuosas. Silencio.
Concentración. Focalización. Repetición. Cotidianeidad. Ceremonias.
Continuidad.
Cada
vez tenemos menos de todo eso, en el mundo, en la vida, en nuestras vidas. No
podemos reclamarle a la escuela pública algo que no construimos en la vida
pública. La escuela es el corazón de esa vida, sí, pero necesita de un cuerpo
en que alojarse.
Yo
no sé si esa vida en común que cada vez se ha ido degradando más y más se
restaura desde su cuerpo (sus plazas, sus colectivos, sus dirigentes, sus
comisiones vecinales, sus calles) o sí desde sus corazones (sus hospitales, sus
congresos, sus escuelas, sus universidades). A mí me toca estar en uno de esos
corazones, intentando tirar líneas de papel crepé que vayan más allá de sí.
Hoy
les dije a los chicos de 6to que cuando corregí sus relatos les coloqué que les
habían faltado tildes en muchos verbos, señalándoles que cuando los usamos en
pasado (dije pasado para no decir pretérito, y no dije pretérito para no decir
pretérito perfecto...) necesitan esa tilde para distinguirse de la primera
persona del presente: yo educo, él educó. Les dije que lo puse en las correcciones,
pero que cuando lo escribía sentí que escribiendo como escriben tal vez no
tengan ni idea qué es un verbo, y menos su tiempo o su persona. Sin embargo,
aunque les parezca chino mandarín que les ponga eso, les dije que me parecía
necesario porque son estudiantes del último año de la escuela primeria. Si no
lo saben, aún podemos intentar enseñarlo.
Cuando
yo terminé 6to grado, hace casi dos décadas, conocía los tiempos simples y
compuestos del Modo Indicativo. También sabía que existían otros dos
modalidades verbales en el idioma en que nací. Podía no recordarlos todos, pero
sabía dónde y cómo buscarlos. Tenía una idea, no sé si vaga o precisa, de cómo
funcionaban y que existían, eran parte de la realidad. ¿Y si tratamos de
reparar la transmisión dañada pedacito a pedacito?
Cada
vez está más mal visto educar, corregir, señalar un camino. ¿Cuál sería la
idea? ¿Qué nadie corrija a nadie, que nadie nos indique por dónde es, qué nadie
nos pase, nos enlace, nos transmita, nos herede nada? ¿Dejar eso librado a la
buena suerte de cada quien? Puede ser muy riesgoso que renunciemos a educar, y
nos confortemos con convivir sin apedrearnos unos a otros. Porque en ese cambio
siento perdemos muchísimo del valor de nuestros lazos, empezando por la riqueza
que tiene vivir juntos con un sentido, un significado en común. Quisiera una
vivencia compartida, una comunidad, una vida pública que no sea solo una
apariencia a punto de estallar, apenas contenido, sino algo más enraizado en
otros principios, prácticas y saberes como los que tiene por misión ofrecer la
educación pública argentina.
Encontrémonos
en la calle todo lo que quieran, pero también en la escuela. Claro que no el
edificio sino la bendita instancia simbólica que representa: el pasaje de la
familia a la comunidad, de la vida privada a la vida pública. La morosidad de
todos los aprendizajes. La necesidad de todas las representaciones. El 25 de
mayo, me dijo una vez la Noe, es como la navidad de las escuelas. No hay fecha
ni acto más representativo de lo que intentamos, entre la pose y el
significado, entre la escena y el aprendizaje. Aprovechemos entonces estar en
la víspera de esa navidad para pedir un deseo, éste deseo.