martes, 14 de enero de 2025

El vampiro (1957) / El ataúd del vampiro (1958), de Fernando Méndez









 

En el fondo, el sol




¿Y hay que llegar al fondo de la taza para ver el destino? 

Aquí hay una ráfaga de estrellas, dos pájaros en vuelo, una sortija rota, 

y algo que se asemeja a una sombra, de pie, junto a una lámpara. 

Todo diseminado sobre un desierto blanco, un desierto de nieve, indescifrable. 

Tal vez sean tan sólo fragmentos ilegibles de días ya vividos, 

porciones de una historia desgarrada por los dientes despiadados del tiempo. 

Pero desde temprano yo vi mi porvenir en una nube, 

o en aquella burbuja de cristal 

donde había una casa vagabunda, con sus luces de fiesta y de leyenda, 

y un jardín encantado que llevaba de pronto hasta muy lejos 

-siempre, en el fondo de todo hay un jardín-, 

hasta la puerta oculta en la maleza 

para salir a los peligros y a la desconocida inmensidad, 

para volver a entrar, medrosa o deslumbrada, a mi tibio refugio, 

a mi aterciopelado paraíso.

                    ¡Cómo brillaba entonces aquel sol! 

Pocos años después descubrí mi sentencia 

inscrita en el oscuro reverso de una piedra que rodó con el viento 

desde el final hasta el principio de todo mi camino. 

Y esa fue mi condena, mi mandato de fuego: 

encontrar la secreta escritura de Dios dispersa en las imágenes del mundo, 

debajo de la hierba, en el fulgor del rayo, en la memoria de la lluvia. 

Tentativa imposible la de enhebrar los signos, 

el cifrado alfabeto que comienza en el Verbo y termina en los huesos.

                    ¡Y el sol ardía siempre sobre cada vocablo! 

A lo largo del tiempo leí más de una vez el fondo de mi suerte 

-el cielo y el infierno confundidos-, 

lo leí en unos ojos de chispas y de sombras, 

ojos para mirarse como en un largo insomnio de las nocturnas aguas 

-¡ah!, pero lo que ves en esas aguas no es lo mismo que ves a través de las lágrimas-. 

Yo me veía en ellas como la más intensa y eterna primavera, 

aunque siempre aspirada por los remolinos, por el vértigo al borde del abismo, 

hasta que sobre mí se condensó la noche, se cerraron las aguas.

                    ¡Y hasta entonces el sol enceguecía como nunca! 

Ahora estoy a solas, mi sombra desvelada frente al muro, 

contemplando la última señal que trazó en todas partes mi destino: 

una larga fisura que corre como un río, como una zanja negra, como un tajo. 

Tal vez sea el anuncio de la herida profunda que cortará mi vida 

para que mi alma salga de este mundo. 

Pero quizá ese tajo sea más bien promesa que amenaza: 

tal vez quiera decir que no es una frontera, 

un límite infranqueable entre mi ayer visible y mi mañana ciego, 

sino sólo la marca de la unión entre la breve tierra y el reino prometido.

                    ¿Y el sol?, ¿Ya nunca el sol? 

Si miras en el fondo de la taza no verás nunca el sol del otro lado, 

desde aquí no verás nunca nada, sino un desierto blanco, 

un reflejo que impide la visión.


Olga Orozco en sus "últimos poemas" recogidos en su Poesía reunida.






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  Me acomodo a escribir en el calor reciente de la cocina. Los últimos días hago panes por la noche, cuando voy cerrando la jornada y la tib...